La gema que salió de Bolivia y se elevó buscando el cielo

La aventura para encontrar una gema que posteriormente se convertiría en emblemática del país, la Bolivianita, empezó en 1982, cuando su descubridor Rodolfo Meyer Barraza, por azares del destino, se topó con un indígena de la comunidad ayorea que le entregó una piedra extraña que cambió su vida y el rumbo que iba a tomar.

Sentado en el escritorio de la joyería que posee en Tarija, junto a lámparas de esa variedad de cuarzo sin cultivar y otras ya talladas, empezó a contar cómo de empezar a estudiar Administración de Empresas terminó formándose en Gemología.

Horizontes

Contó que había salido de Sucre en busca de nuevos horizontes, pasó por Santa Cruz para dirigirse al Brasil en un tren y una noche, en medio del trayecto el indígena ayoreo le ofreció una piedra que le llamó la atención y se la compró a un precio regalado.

Con la gema en la mano, ya en tierra del vecino país, consultó sobre ella y todos le decían que era sintética, que no era natural, volvió a Potosí, Oruro y La Paz para indagar con personas que se dedicaban a la minería y le señalaron que era un cuarzo sintético, “es lo más fácil de decir cuando alguien ve algo nuevo en el mundo”, apuntó, a tiempo de agregar que  tenía 24 años.

Se fue a Río Grande del Sur para pasar un curso de Gemología, entendió que en este rubro se va avanzando por etapas, que nunca se termina de aprender porque siempre aparecen otros productos y eligió esa ciudad porque hablaban español al estar en la frontera con el Uruguay.

Allí conoció a un profesor, Adolfo Rodríguez, que tenía textos sobre gemas en Bolivia, hablaba diamantes de cuarzos, aguas marinas, piedras más finas, tenía la información de que el país era muy rica en piedras, solo que nadie había hecho nada, estaba en el olvido el Precámbrico boliviano y más bien decían que no tenía nada comparativamente con Brasil. Entonces planificaron una expedición en 1983 a donde suponían existían yacimientos de este tipo de citrinos.

Aventura

Se lanzaron a la aventura en octubre de ese año, cuando empezaban las lluvias tempraneras, y el vehículo en el que iban se atascó a 12 kilómetros del rincón “Carmen Rivero Torres” –cerca a Roboré-, la zona se había llenado de agua, se dirigían al rincón del “Tigre” y de este lugar debían ir a las minas, había que avanzar por tramos de entre 60 a 80 kilómetros.

Llegaron a la frontera tripartita entre Paraguay, Brasil y Bolivia por Puerto Suarez, contó, en esa época no existían caminos ni nada, se quedaron en el camino y Rodríguez –que tenía unos 50 años- desistió en seguir, se había agotado y no soportaba las picadas de los mosquitos, entonces retornaron a la civilización, pero valoró que en esos 10 día de convivencia cultivaron un amistad inapreciable.

Al separarse, le regaló sus lápices de pruebas, su equipo técnico, incluso una perforadora de alta calidad “Pionjar”, sus libros, su carpa a condición de que cuando avance le comente y le mantenga informado de sus descubrimientos.

Volvió al año siguiente, en julio para evitar las lluvias, deambuló por la selva durante 60 días  junto un grupo de guías de la comunidad ayorea que consideraba eran los que conocían los yacimientos y efectivamente era así, solo que le hacían dar vueltas porque les pagaba por día, entonces estaban acumulando tiempo.

Al principio le causaba molestia el jején, los mosquitos, la presencia de víboras y tigres le causaban sobresalto, pero como el hombre es un animal de costumbres, en ese tiempo se adaptó y en esos dos meses ya podía usar manga corta, dejó la chamarra y los guantes que se ponía para protegerse a pesar del calor.

El tigre

Un 4 de agosto llegaron a la laguna Mirim, que cuando hay agua se une con la Mandioré y su similar la Gaiba, que son navegables cuando hay mucha agua y cuando baja se los surca en pequeños troncos ahuecados. Al día siguiente, el 5 de agosto, a las 18.00, ya casi al oscurecer sufrieron el ataque de un tigre que intentó voltear la canoa y le dispararon.

El 6 de agosto llegaron a la única casa en el lugar, luego de relatar lo sucedido al dueño de esos terrenos, don Melitón, este le contó que ese felino le había hecho mucho daño, le había matado ganado, se trataba de un tigre viejo con un solo diente, y le pidió comprarle el cuero. Se lo regaló y lo único que conservó como recuerdo fue el colmillo.

En este punto, el comunario llamó la atención a los guías y les dijo: “Un joven tan bueno y ustedes lo están haciendo vueltear” y apuntó en una dirección para agregar “el yacimiento esta acá”. Anduvieron unas dos horas, llegaron al lugar que ahora se llama Yuruti, se trataba de un cerrito alto desde donde era posible divisar todo el área, encontró el sitio  de las gemas y en ese mismo lugar, por ser 6 de agosto, bautizó a esa variedad de cuarzo como “Bolivianita”.

“Nunca pensamos que iba a llegar a tener tanto éxito a nivel mundial” dijo, luego de suspirar al recordar la travesía, y que una ley emitida en 2009, la 3998, la declara como la gema emblemática de la identidad boliviana en el mundo.

Cuando volvió con su hallazgo, todos le miraban raro y nadie le daba crédito, pero él tenía toda la certeza de que esa piedra no existía en otro lado, lo único que faltaba era encontrar el yacimiento y como lo hizo de manera física y mostraba que era natural, tuvieron que admitirlo y el país ya tenía su piedra natural.

Posteriormente, con el pequeño curso de gemología que hizo, se volvió “el rey tuerto entre los ciegos”, porque nadie más conocía su valor, comenzó a encontrar varios yacimientos entre 1984 y 1986, ya había anotado 27 sitios en la zona de diversos productos, encontró jade, agua marina, y varias otras piedras que le daban la seguridad de que Bolivia era rica en gemas, “más que el mismo escudo de Brasil”.

Libro

A finales de 1986 presentó el primer libro llamado “Gemas de Bolivia” en la Cámara Minera del Oriente, cuyo presidente en ese entonces era Julio Kempf, ahora es gerente de los empresarios en Santa Cruz. Al año siguiente, en 1987, se fue a Tucson, Arizona, donde presentó a la Bolivianita y otras gemas al presidente de la Asociación Mundial de Gemas, Roland Naftule.

Este ejecutivo les envió una carta en la que expresaba su intención de que Bolivia ingrese a esta entidad, esta misiva abrió las puertas del Congreso Nacional y, en 1998, junto al ministro de Minería de ese entonces, Jaime Villalobos, presentaron la gema en el Banco Central de Bolivia y las autoridades  declararon al libro como texto de estudio.

“Así comenzó la Bolivianita -expresó no sin cierto orgullo-, también con obstáculos, habían muchos extranjeros que querían explotar nuestro producto y malos bolivianos que les querían vender, entonces le hacían una guerra interna al cristal nuevo, antiguos geólogos sostenían que un cuarzo no podía ser único en el mundo, se oponían al hallazgo, hasta que en 1989 y 1990 se confirmó que era única, Brasil no pudo demostrar que poseía yacimientos y desde ese momento la piedra comenzó a ser demandada en todo el mundo”.

 

PERIPLO EN BUSCA DE LA PIEDRA PERDIDA

 

La gema en bruto

En 1996, luego de recibir un pedido grande del Japón pero con valor agregado, se encontró con que en Bolivia solo habían cinco talladores y requería de muchos más, por lo que Meyer desarrollo un programa para formar este tipo de trabajadores y de esta manera generar empleo. El primero curso se realizó en Puerto Suarez, luego en Santa Cruz y La Paz.

 

Los expedicionarios

A Meyer, al principio le provocaba molestia la selva, el jején, los mosquitos, la presencia de víboras y tigres le causaban sobresalto, pero como el hombre es un animal de costumbres, en ese tiempo se adaptó y en esos dos meses ya podía usar manga corta, dejó la chamarra y los guantes que se ponía para protegerse a pesar del calor.

 

Su primer equipo

En Brasil conoció al profesor de Gemología, Adolfo Rodríguez, con quien Meyer cultivo una amistad inapreciable, este tenía la información de que el país era muy rico en piedras preciosas. Fue quien le regaló su primer equipo técnico, sus lápices de pruebas, sus libros, incluso una perforadora de alta calidad “Pionjar”, además de su carpa.