Jerjes sin pititas

Ni pititas hicieron falta. Desde el lunes se redobló la ofensiva contra el ministro de la Presidencia, Jerjes Justiniano, y apenas pudo aguantar 48 horas. Ese plazo fatal que establecía su compadre Luis Fernando Camacho para los asuntos de Gobierno con Evo Morales. Para unos es la acumulación de escandaletes; para otros la fallida negociación de la Ley de Garantías; para otros, precisamente, la precipitada carrera de Camacho; para otros “demasiado masista para Tuto y Áñez”.

Dos son los escándalos sobrevenidos desde que el 13 de noviembre asumió la cartera gubernamental, porque lo de que había sido abogado del menor involucrado en el caso de La Manada Cruceña ya venía de serie y ya había salido a relucir entre cabildo y cabildo cuando se analizaba el entorno del cívico cruceño Luis Fernando Camacho. El primero es una supuesta mediación en la detención domiciliaria del exalcalde de Warnes, Mario Cronenbold, converso masista en tiempos de Evo y sospechoso de casi todo. El segundo, ya con firma, la acusación directa del viceministro de Comunicación – renunciado ayer – Danilo Romano, que señaló injerencia y presión para determinadas consultorías.

Los ataques le llegaron desde todos lados; desde dentro y desde fuera, de colectivos y aliados. Norma Piérola, una de las duras de la Asamblea, disparó con bala asegurando que mantenía operadores de segunda línea del MAS en casi todos los Ministerios, entre otras cosas.

La chapa de “masista” le viene de familia. Los Justiniano tienen su feudo en Santa Cruz y su padre, del mismo nombre, es una institución. Más allá de hacer bromas poco ortodoxas – y condenables – sobre las “gracias” del alcalde Percy Fernández, Jerjes padre fue destinado como embajador a Brasil en los tiempos en que la revista Veja sindicaba de narcotraficante a media Bolivia. Fuentes cuasi presenciales dicen que lo mandó Evo Morales y Juan Ramón Quintana en persona a controlar eso y otros tantos asuntos del Estado.

Padre no es hijo, y cómo apareció Jerjes Justiniano hijo sosteniendo en las rodillas a Luis Fernando Camacho en el Comité Cívico de los agronegocios primero y los cabildos después es motivo de estudio y paradoja. ¿Quién controla a quién?

Camacho no disimuló que Justiniano era “su pega”, y Justiniano, después de la contención inicial, dio respaldo absoluto al ya expresidente cívico en su carrera presidencial, que ya ha arrancado. Y esa ha podido ser la chispa: Los plazos ya están más o menos marcados para proceder a la sucesión electoral, como corresponde, pero las interpretaciones son diferentes. El Gobierno Áñez pretende gobernar 120 días hasta los resultados de la primera vuelta, por lo que sitúa las elecciones más o menos en abril. Justiniano públicamente señaló que en esos 120 días se debían contemplar los 45 días de segunda vuelta, los plazos de cómputo, etc., por lo que la elección sería en febrero. Las elecciones rápidas le convienen precisamente a Camacho. El MAS mira de palco, aunque tampoco tiene prisas.

La pacificación

Nada parece tan simple. Justiniano ya tenía todas esas sombras mucho antes de ser nombrado ministro de la Presidencia, el cargo más clave en un gobierno débil como el de Jeanine Áñez, sin legitimidad electoral ni simbólica.

La misión encomendada fue la pacificación, un extremo que se volvió más complicada a partir del Decreto que eximía de responsabilidad penal a las Fuerzas Armadas en la represión. Morales renunció el 10 de noviembre y no dejó de usar su cuenta de twitter nunca. Llegaron los muertos. El 24 de noviembre ya había Ley para facilitar elecciones. El 26 todas las carreteras del país eran transitables, y no por las cacerías anunciadas.

Jerjes no renunció, fue cesado el día que entraba en pleno de Diputados la “Ley de Garantías para reafirmar el ejercicio de los derechos del pueblo boliviano”, una Ley que ha negociado personalmente en esa mesa olvidada de la zona sur de La Paz.

La Ley, evidentemente, contempla garantías para “los derrotados” en los sucesos de octubre y noviembre, como se suele hacer en estas situaciones, aunque no todos parecen dispuestos a ser magnánimos en la victoria, ni por muy temporal que sea.

El Gobierno de Áñez pierde un efectivo tal vez demasiado torpe en lo cotidiano, pero con una agenda de contactos amplísima, un puente entre cívicos y la guardia pretoriana de Morales que, hasta el momento, se había mostrado útil. La historia inmediata, lo juzgará.