Informe del Delegado Nacional en el Gran Chaco Dr. Leocadio Trigo (Primera parte)

Documento recopilado por: Juan Ticlla Siles

Delegación Nacional en el Gran Chaco
La Paz, 30 de junio de 1908.
Al señor Ministro de Colonización y Agricultura.
Presente

Señor:
Al terminar el presente período constitucional, me es satisfactorio presentar al Supremo Gobierno, por el digno órgano de ese ilustrado Ministerio, un informe sintético de la misión que me fue encomendada.
Habiendo elevado oportunamente los informes correspondientes a todos los actos de mi administración, con la amplitud y el detalle necesarios, me toca ahora referirme a ellos, a la vez que confirmarlos en todos sus conceptos.
Cuando el egregio repúblico Sr. Ismael Montes, elevado a la Presidencia de la República, me invitó a que desempeñara la Prefectura y Comandancia General del Departamento de Tarija, acepté el delicado cargo exponiéndole los anhelos que desde mucho tiempo atrás tenía, de llevar todas las energías de nuestra soberanía real, y los beneficios de la administración nacional, a la provincia del Gran Chaco, que abarcando toda la riquísima zona del río Pilcomayo, en la alejada y vasta frontera sudeste de la República, entrañaba especial importancia y muy particular interés, de oportunidad precisa e inmediata.
En el año 1902 fue ocupada la margen derecha del Pilcomayo, desde su intersección con el grado 22o de latitud sud, por colonizadores argentinos. Al frente se hallaba el territorio boliviano de la margen izquierda de este río, poco menos que olvidado. Razones de previsión nacional, hacían sentir la necesidad inaplazable de seguir, cuando menos, paralelamente la acción que se desenvolvía en la margen derecha del Pilcomayo, a más de otras consideraciones de un orden muy superior y trascendental, que fijaban nuestras obligaciones patrióticas de vistas y alcances más elevados.
Hasta entonces, era intensamente sugestivo el fracaso de las repetidas empresas exploradoras, nacionales y extranjeras, que dejaban al país sin resultados positivos, y llegó el plazo en el que era absolutamente necesario alcanzar soluciones de carácter netamente nacional, que nos sean propias y que nos pertenezcan.
Altamente favorecidos estos propósitos con la superior intuición del Excelentísimo Presidente de la República, quedaron comprometidas mi plena voluntad y mi decisión patriótica para realizarlos.
Se quería obrar con precisión y firmeza. Los detalles del programa que debía guiar nuestra acción, eran complejos, y surgirían e irían desenvolviéndose, según las indicaciones que se recogieran sobre el propio terreno, a medida que avanzara su exploración y su reconocimiento, que eran puntos fundamentales de mi cometido.
Someter y dominar la población salvaje, para dar fácil y seguro acceso a la población civilizada industrial.
Abrir caminos y establecer comunicaciones regularizadas.
Elegir sitios apropiados para establecer fortines.
Resolver el difícil problema del abastecimiento de víveres a las guarniciones.
Estudiar las condiciones en que fuera posible navegar el alto Pilcomayo, y verificar el curso real de este río.
Con estos propósitos, y con las suficientes instrucciones y autorizaciones del Supremo Gobierno dimos comienzo a la empresa nacional.
Practiqué la primera visita oficial a la provincia del Gran Chaco, a los dos meses de haberme posesionado de la Prefectura del Departamento de Tarija.
En diciembre de 1904 y enero de 1905, realicé la primera expedición exploradora de la margen izquierda del Pilcomayo, partiendo del fortín Murillo y avanzando una distancia calculada de 40 leguas, por ruta muy tortuosa, pasando las regiones de Teyú, Ibopetairenda y Cabayu-repoti hasta las inmediaciones de Piquirenda.
Confirmo el informe oficial que contiene el diario de esta expedición, que elevé al Supremo Gobierno con fecha 30 de enero de 1905.
Para esta empresa patriótica, recibí la más decidida y valiosa cooperación de los distinguidos vecinos del Gran Chaco, que se hicieron dignos del mayor reconocimiento nacional. Expuse a aquellos patriotas ciudadanos el objeto de mi visita y los propósitos del Supremo Gobierno, de atender decididamente los intereses de aquella rica región. Les propuse que colaboraran a tales designios y me acompañasen en la exploración de la margen izquierda del Pilcomayo. El territorio que íbamos a recorrer, nos era desconocido, razón por la que el patriotismo nos obligaba exigentemente a conocerlo y poseerlo.
Los resultados debían ser satisfactorios, dadas las muy favorables disposiciones del Supremo Gobierno y las condiciones ventajosas en que entraba la República.
Aquellos buenos bolivianos, que tantas pruebas de patriotismo tienen dadas, se aprontaron en tres días para hacer la campaña con recursos propios.
En Cabayu-repoti, esperaron a nuestra expedición los principales capitanes de la tribu toba, con los que tuve la primera conferencia que debía plantear las bases de nuestras buenas relaciones. Cabayu-repoti, es la región donde terminan las posesiones de los tobas y comienzan las de los numerosos y bravos chorotis.
Con el propósito de que se aprecien los alcances del concepto, reproduzco las exposiciones dirigidas a los salvajes, sin que deba extrañar que se use con ellos de lógica y de razonamientos, porque sus alcances intelectuales superiores, los hace dignos de un cambio de ideas fundadas y discretas.
Con el favor de un excelente intérprete, hice decir a los caciques tobas, el propósito civilizador benéfico que nos obligaba a visitar aquella región llena de inconvenientes y de dificultades para nosotros, pero que llenábamos una obligación del patriotismo yendo a proteger las poblaciones salvajes que habitaban el suelo boliviano, para las que deseábamos iguales condiciones de civilización que las que habían alcanzado los demás pueblos. Que les daríamos elementos y facilidades de trabajo, así como favoreceríamos sus relaciones con los pueblos y con los industriales de aquel territorio, ofreciéndoles las garantías a que justamente tienen derecho. Que de esta manera obtendrían los medios para salir de la desnudez y de la miseria que los atormentaba. Que tendrían provisiones para vencer el hambre en las épocas del año en que se terminan los frutos de sus selvas, y que finalmente podrían entrar en el concierto de los pueblos que tienen vida normal.
El capitán toba Yaguareza, accionando con energía imperativa y paseando delante de nosotros, respondió: “habéis venido a nuestro territorio y nosotros os recibimos y tratamos como amigos. La conducta que hemos tenido con los pobladores de nuestro suelo, ha sido de sumisión, respeto. Su hacienda no ha sido tocada por nosotros, a pesar que no se nos ha pagado el derecho por nuestro suelo. La realidad es que somos buenos, que no hacemos ningún mal, siendo esta la mejor prueba que abona nuestra conducta”.
Y en verdad la tribu toba, se ha mantenido fiel y leal aliada de nuestros fortines.
Tres capitanes tobas se incorporaron a nuestro cuerpo expedicionario y sirvieron decididamente a los propósitos de amistad con que nos presentamos ante la tribu choroti, en cuyo territorio nos internamos hasta llegar a su término, en siete días de marcha, contados desde el fortín Murillo.
En el límite terminal del territorio ocupado por la tribu choroti, encontramos al gran capitán Atamó Tapchía, con el que pactamos amistad, para poder regresar a establecer en su propia ranchería, a la altura del grado 22’ 30’ sud, un fortín nuestro.
En el diario citado de esta expedición, está consignado el detalle descriptivo del territorio que recorrimos.
Este primer paso nos sirvió de iniciación y de estudio, y nos permitió preparar la obra que hemos continuado.
El Supremo Gobierno, halagó nuestro patriotismo con expresiones de grande aliento y estímulo.
Sin pérdida de tiempo preparé en Tarija la segunda expedición exploradora. Organicé un escuadrón de 50 plazas, que en el Gran Chaco fue aumentado a 80.
Compré caballos y mulos suficientes.
La decidida y particular protección del Gobierno, nos permitió vencer todas las dificultades consiguientes.
Para esta segunda empresa, contamos con la valiosa cooperación de muy distinguidos colaboradores. El ingeniero Sr. Juan Muñoz y Reyes acompañó esta expedición, encargado por el Supremo Gobierno de los estudios correspondientes a su profesión.
Partimos de Tarija el 17 de mayo de 1905. Nos fue indispensable llevar los recursos y medios necesarios para la empresa que realizábamos, venciendo la difícil traslación de Tarija a Caiza, por caminos que son de los más quebrados de la República.
En Yacuiba y Caiza se completaron las disposiciones convenientes y penetramos en la región del Pilcomayo.
A la altura del grado 22o 30’ y en la margen izquierda del Pilcomayo, fundamos el fortín que lleva el nombre del eminente señor Fernando E. Guachalla, en homenaje a este hombre de Estado que tan grandes servicios tenía ya prestados a la patria.
Establecida la guarnición en aquel fortín, se constituyó el centro de nuestras operaciones.
En muy pocos días se dispuso la expedición que debía continuar explorando la margen izquierda del Pilcomayo. Con un personal de 30 hombres, partimos del fortín Guachalla el 5 de julio de 1905.
Esta expedición avanzó desde Guachalla 201 kilómetros, hasta el grado 23o 36’ de latitud sud.
A corta distancia del fortín Guachalla, encontramos poblaciones de indios tapietes. Después hallamos la numerosa tribu de indios matacos, que desde Piquirenda extienden sus poblaciones en ambas márgenes del Pilcomayo, hasta pasar el grado 23o sud.
Muy largas zonas de bosque espeso y cerrado, nos obligaron a abrirnos paso haciendo difíciles picadas. Los indios procuraron obstaculizar nuestro avance sin lograr atajarnos.
Estuvimos de regreso en el fortín Guachalla, el 29 de julio, a los 25 de días de nuestra partida.
El ingeniero señor Muñoz y Reyes, verificó el curso del Pilcomayo en todo lo recorrido y pudimos apreciar el error que contenían todas las cartas geográficas. Los esteros de Patiño se alejaban muchísimo más de lo que se había creído.
Asegurando las condiciones de subsistencia del fortín Guachalla, regresamos para fundar el fortín d’ Orbigny, en el grado 22º sud, margen derecha del Pilcomayo, próximo al primer hito que fija la línea divisoria entre Bolivia y la República Argentina.
Dejamos este fortín con .iguales seguridades de subsistencia y con la guarnición conveniente, y continuamos nuestra marcha subiendo por la margen izquierda del Pilcomayo, hasta las Misiones de San Francisco Solano y de San Antonio de Padua, a los 210 15’ 48” sud, donde fundamos la villa Montes nombre que le dimos en justo homenaje al Excelentísimo Presidente de la República, que favorece la empresa del Gran Chaco, con decisión muy eficaz y valiosa.
El ingeniero señor Muñoz y Reyes, demarcó un precioso plano sobre el terreno, de la nueva villa.
Consignados a grandes rasgos, por haberse enviado con oportunidad los informes detallados, fueron estos los resultados de la segunda exploración que me tocó realizar.
Como se comprenderá, quedó en pie nuestro deseo de llegar a los célebres esteros de Patiño, que los mapas existentes presentaban en una región muy alta y próxima al paralelo 22” sud, lo que producía un gran error en nuestros cálculos. Era necesario dar feliz solución a este interesante problema y satisfacer nuestras aspiraciones.
Sobre la base de nuestras anteriores expediciones y con la más conveniente preparación de fuerzas y recursos, emprendimos la tercera exploración, que debía completar nuestro empeño patriótico, y llevarnos al término que nos proponíamos alcanzar. Este era un delicado punto de honor.
Entre nuestra segunda y tercera expedición, se realizó el interesante viaje explorador del ingeniero noruego señor Gunardo Lange, que subió el río Pilcomayo desde su desemboque en el río Paraguay, hasta el grado 22o de latitud sud, practicando el mejor y más completo estudio científico, al que nos referiremos oportunamente.
El señor Lange guardó sus resultados hasta dar el informe que le correspondía, y sólo hizo conocer que los esteros de Patiño, comenzaban después del grado 24o sud. Este dato cierto, fue para nosotros muy valioso.
El 31 de julio de 1906, teníamos en el fortín Guachalla todo apercibido para partir en la tercera expedición. En ese momento se nos presentó el ingeniero alemán señor Wilhelm Herrmann. Me puso de manifiesto un pasaporte firmado por el Canciller de Alemania, otro del Ministro Plenipotenciario de Bolivia señor Francisco de Argandoña y otro del Encargado de Negocios de Bolivia en Buenos Aires señor Ángel D. de Medina, quien exponía las especiales y distinguidas recomendaciones con que lo había presentado al señor Herrmann, la Legación de Alemania. Este señor venía provisto del material científico apropiado para sus estudios y tuvo la bondad de hacerme conocer muchos trabajos suyos referentes a Bolivia, geográficos y estadísticos: poseía varios planos del río Pilcomayo.
Recibí a este distinguido hombre de ciencia con las mayores consideraciones de mi parte, y. le ofrecí todos los medios y recursos que podía necesitar para llenar cumplidamente su importante comisión. Acordamos que me daría el resultado de sus estudios para enviarlos al Ministerio de Colonización y para que se sirva de ellos nuestro Gobierno, sin darles publicación, por ser este un derecho que se reservaba. Apreciando la importancia de los estudios que este competente ingeniero podía ofrecernos sobre el río Pilcomayo, especialmente respecto a sus condiciones de navegabilidad, incliné su ánimo para que bajara el río navegando en una chalana que bien aparejada y tripulada puse a su disposición.
Pude lograr que sea una realidad la aspiración que anteriormente expresé al Supremo Gobierno, de practicar conjuntamente el avance por tierra y por el río Pilcomayo navegándolo. Tomé las disposiciones convenientes para dar seguridades a la chalana, amparando su avance con la fuerza que iría por tierra.
El señor Herrmann llevaba el propósito de arribar a Asunción del Paraguay y creía encontrar en los esteros de Patiño, a las comisiones de límites argentina y paraguaya, que se sabía que subían el Pilcomayo.
Fueron muy satisfactorias las condiciones de la fuerza que se desprendió del fortín Guachalla para realizar la expedición del Pilcomayo; eran 50 hombres de línea decididos patriotas y bien disciplinados. Conducíamos víveres suficientes y ganado en pie. Debíamos utilizar los meses de agosto y septiembre para realizar nuestra empresa, salvando de la estación lluviosa en que el río baña sus riberas abundante y extensamente.
Todo el cuerpo expedicionario, incluyendo el personal civil, se componía de 70 personas. El muy cumplido y distinguido jefe Natalio C. Suarez, comandaba la fuerza militar.
La chalana “5 de Agosto” fue puesta por la Delegación de mi cargo, a órdenes y disposición del señor Herrmann. .

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El grueso de la fuerza expedicionaria, cargas de provisiones y parque, marcharon por tierra.
El 4 de agosto de 1906, partió del fortín Guachalla la expedición así constituida.
Se estableció para toda la campaña un orden regular de marcha, encargándose la vanguardia de abrir y limpiar el camino. El avance de la chalana pudo hacerse con mayor facilidad y rapidez, por las favorables condicionas del río.
El día patrio “6 de agosto”, fue entusiastamente solemnizado en aquellas apartadas regiones, donde nos hallábamos en servicio de la Nación. Se manifestó vivo y altivo el amor a nuestra patria.
El 7 de agosto, al frente de la villa María Cristina, capital de la colonia Argentina Buenaventura, el señor Herrmann y su adjunto señor Tapia, me manifestaron que en cierta manera les preocupaba que pudieran surgir dificultades de nuestro encuentro con las comisiones Argentina y Paraguaya, que creían muy posible las hallemos en los esteros de Patiño. Me fue grato darles las seguridades de que no podían haber inconvenientes con comisiones que persiguen fines científicos de provecho universal, dejando absolutamente independientes los derechos territoriales de cada país. Con estos sanos propósitos guiaríamos convenientemente nuestra acción, si se presentara el caso en el propio terreno; mientras tanto quedaban inalterables nuestra prudencia y nuestros propósitos pacíficos, dentro del respeto que merece la sagrada soberanía de Bolivia.
Desde aquí ingresamos a la zona que ocupan los indios matacos en ambas márgenes del río. Fuimos muy bien recibidos y servidos en cuanto quisimos ocuparlos.
El 15 de agosto arribamos a los últimos pueblos de la tribu de matacos. Advertidos de nuestra llegada, nos esperaron reunidos en gran número y pretextando hallarse entregados a un juego semejante al foot ball, para lo que estaban provistos de grandes y fuertes bastones.
Estos indios conocidos en la anterior expedición, me llamaron con insistencia a una conferencia reservada con sus principales capitanes, manifestándose muy interesados en que les escuche y preste atención. Me expresaron que el año próximo pasado, habían avanzado los indios tobas de la inmediata zona baja del río, siguiendo nuestras huellas y por el camino que dejamos abierto, hasta tener un encuentro con ellos y matar a uno de sus hermanos. Me rogaron ardientemente que no siga adelante, temerosos de que se repita lo sucedido el año anterior. Les respondí que ahora contaba con mayores fuerzas y recursos y que pasando adelante, más bien les procuraría la paz con los tobas, o castigaría en caso contrario su avance sobre los matacos. Que fijaría los límites de su territorio, para evitarles las guerras en lo sucesivo. Se me ofrecieron a marchar de aliados míos para batir a los tobas, lo que rechacé con palabras sagaces y de amistad.
Este último pueblo de la tribu mataca, se halla situado a la altura del grado 23o sud y es el centinela avanzado. Los matacos constituyen la tribu más numerosa de los salvajes del Gran Chaco, extendiéndose por la margen derecha del Pilcomayo desde Villa Montes, a los 21o 15’ 48” sud, hasta el 23o.
Continuando nuestra marcha y después de atravesar una zona desierta,- llegamos el 18 de agosto a las poblaciones de los valientes y fuertes tobas, que se nos presentaron en gran número. Entablamos amistosas conferencias y afianzamos nuestras buenas relaciones. Obtuve que un capitán y tres indios de esta tribu, se incorporaran a nuestra expedición, sirviéndonos de guías muy expertos.
El 23 de agosto, después de salvar empeñosamente los cerrados y compactos bosques, en los que abríamos ancho y cómodo camino, llegamos a los palmares que nos indicaban la aproximación a los esteros y el comienzo del territorio ocupado por los bravos y numerosos indios tapietes.
Produce entusiasta admiración la inmensidad de las grandes llanuras cubiertas de innumerables y gigantescas palmeras. Se aprecia la solemnidad del suelo salvaje que duerme silencioso, hasta que las huellas de la civilización lo despierten, y le trasmitan la actividad de la vida y del trabajo proficuo. En la época presente son muy pocos los territorios que permanecen ocultos para el mundo civilizado, guardados por las tribus salvajes. El territorio del Gran Chaco, uno de los más fértiles, ricos y poblados de numerosos indios en estado salvaje, y cruzado por el caudaloso Pilcomayo, es probablemente el último rincón del mundo que se abre a las industrias y a la civilización, y que favorecido por sus especiales y muy superiores condiciones de situación, clima y suelo, llegará a ser en muy pocos años una región de las más florecientes de la América del Sud.
Quizá nos sea permitido a los que con nuestras plantas fuimos borrando las huellas de los salvajes, por sus tortuosas y estrechas sendas, ver aquel suelo boliviano cruzado por amplios caminos, y al río Pilcomayo surcado por embarcaciones a vapor, comunicando a nuestra amada patria con las prósperas repúblicas vecinas.
Son muchos los esfuerzos que han fracasado en este territorio, y muy importantes vidas las que se han sacrificado, sin que nuestra patria hubiera alcanzado los resultados deseados.
El 24 de agosto, llegamos al primer pueblo de los tapietes. No fue grande la sorpresa que les causó nuestra presencia, porque habían sido advertidos con anterioridad. No tardó en presentársenos el gran cacique de la tribu, As-lú, acompañado de numeroso séquito. Pactamos amistad y fuimos bien recibidos por todo el pueblo tapiete.
Estos indios son muy sucios; se tiznan la cara y el cuerpo con ceniza y carbón; algunos se presentan completamente negros; las mujeres todas tienen una ancha faja de tatuaje en la frente y nariz, como signo característico y diferencial de su tribu.
Los indios tapietes ocupan la mejor zona del Chaco. Tienen en la proximidad de los esteros de Patino, el más rico suelo, fecundizado anualmente por los derrames del Pilcomayo. Cultivan la tierra y hacen extensas siembras. Son poseedores de numerosos ganados. Tienen la más abundante pesca. Viven bien organizados; cada pueblo, dentro de la republiqueta, tiene su cacique anciano que lo gobierna. Esta situación feliz los hace el objeto de la envidia de los otros pueblos salvajes vecinos, con los que sostienen permanente guerra.
Atravesando el vasto territorio ocupado por la población tapiete, llegamos el 30 de agosto a la última ranchería de indios pescadores, en la inmediación de la laguna Chajá o Escalante. Hasta allí pudimos llegar con nuestras cargas y monturas. Un paso más y el fango hizo imposible el avance de los animales. Desde aquel punto fue necesario cambiar la forma de exploración.
La especial circunstancia de haber precedido tres años de extraordinaria sequía y de haber escogido los meses particularmente secos de agosto y septiembre para practicar nuestra expedición, nos permitió poder avanzar internarnos hasta los esteros, sin separarnos de la margen izquierda del Pilcomayo, mucho más de lo que hubiera sido posible en otras épocas. Los indios del lugar nos confirmaron que en esa estación, les era excepcionalmente permitido permanecer tan inmediatos al río y a los esteros, favorecidos por la extraordinaria disminución de agua y la mayor extensión de terreno seco.