Hambre en abundancia: un puñado de empresas tiene la llave

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), América Latina y el Caribe como región “pierde o desperdicia más de 127 millones de toneladas de alimentos cada año, un promedio anual de 223 kilos por persona”. Mientras tanto, cerca de 24 millones de latinoamericanos sufren desnutrición aguda (hambre).
Estas cifras forman parte de la crisis global de alimentación, en la que, según investigadores como Gustavo Duch y Fernando Fernández, hay alrededor de mil millones de personas que sufren hambre mientras se producen alimentos suficientes para el doble de habitantes del planeta tierra (unas 7,6 mil millones de personas).
Ante esta situación, el BID ha anunciado recientemente que, junto con sus “socios”, está lanzando la plataforma llamada #SinDesperdicio, concebida para “ayudar a reducir este alarmante nivel de pérdida y desperdicio de alimentos”.
Sin embargo, hay dos factores de esta plataforma que preocupan a algunos expertos. El primero, los socios del BID. El segundo, el enfoque de la plataforma.

Los socios
De acuerdo con información del BID, la plataforma “reúne a las compañías líderes de los sectores de la alimentación y la tecnología, como Coca-Cola, Nestlé, Dow Chemical, Fundación FEMSA, Grupo Bimbo, IBM y Oxxo”.
La polémica se da porque Coca-Cola y Nestlé, junto a un puñado de otras trasnancionales alimentarias como PepsiCo, Unilever, Mondelez, Mars, Danone, Associated British Foods (ABF), General Mills y Kellogg’s, encabezan el volumen de ventas de las firmas en el sector de alimentos a nivel mundial.
Esto ha llevado a que la ONG internacional Oxfam lleve adelante la campaña pública titulada “Behind the Brands” (Detrás de las marcas), a través de la cual se informa y discute acerca de las políticas de compra de alimentos de estas multinacionales, y la manera en que influyen en el mercado de la comida.
Todas son europeas o estadounidenses y dominan los sectores de productos lácteos, gaseosas, dulces y cereales, entre otros. Desde ahí han construido “imperios empresariales enormemente diversificados”. Y según Oxfam, esas diez firmas colectivamente tienen ingresos de más de 1.100 millones de dólares diarios y emplean a millones de personas.
La institución pone como ejemplo el caso de la cadena de valor del cacao, en la que tres de las firmas, Mars, Mondelez y Nestlé, controlan cerca de 40% del comercio mundial en ese rubro. Pero apenas entre un 3,5% y un 5% del valor de una barra de chocolate le queda al pequeño campesino, según un reporte de la ONG. En el sector de las gaseosas, Coca Cola y Pepsi se han convertido en los dos mayores compradores de azúcar en el mundo.
Por su parte, otra socia de la plataforma, Dow Chemical, es un conocido fabricante de nocivos pesticidas, y fue denunciada el año pasado por el diario británico The Independent y la agencia noticiosa The Associated Press, por haber “empujado al gobierno de Donald Trump para ignorar los hallazgos de científicos federales que apuntaron hacia una familia de pesticidas ampliamente utilizados como dañinos para alrededor de 1.800 especies en riesgo crítico de extinción”.
Las mismas fuentes revelaron que sólo el año 2016, Dow gastó más de 13,6 millones de dólares haciendo lobby con la Casa Blanca para encubrir este tipo de daños.
En realidad, varios de los socios del BID en la plataforma #SinDesperdicio pueden ser objeto de críticas por su cuestionable rol en la alimentación, el ambiente y la geopolítica mundial. Pero hay otro problema con esta plataforma, y es su enfoque.

Las 4 áreas de atención
El BID explica que su plataforma busca promover cuatro áreas de actividad: proyectos innovadores, políticas nacionales y locales, generación de conocimiento y hábitos de consumo responsables.
En efecto, las cuatro áreas son importantes, considerando que el desperdicio de alimentos ocurre a lo largo de toda la cadena de alimentos: “en la fase de producción se pierde el 28%, en la manipulación y almacenamiento el 21%, en el procesamiento el 6%, en la distribución y marketing el 17%”, además del 28% desperdiciado por los consumidores, especialmente los hogares, puntualiza el BID.
Sin embargo, estudiosos de la problemática del hambre, como el politólogo español Guillermo Marín, consideran que el trasfondo que causa la paradoja del hambre en un mundo de abundancia es la falta (y desigualdad) de control y acceso a los recursos productivos.
Mientras que, en su texto titulado “El terremoto alimentario. Causas de la crisis alimentaria y tendencias de futuro”, Duch y Fernández notan que en el núcleo duro de esta crisis está “interpretar la alimentación como un negocio, no como un derecho humano”, y que un tema central es la distribución.
Por su parte, Oxfam enfatiza que las transnacionales citadas anteriormente, algunas de las cuales conforman la plataforma del BID, ya controlan gran parte del mercado mundial de alimentos, y por tanto, tienen en sus manos una enorme influencia para determinar cómo se reparte la comida en el mundo.
De esta manera, pretender que estas transnacionales sean eximidas de su responsabilidad mediante un enfoque centrado exclusivamente en la tecnología, conocimiento, gobiernos y consumidores implica ignorar la mitad del problema.
Considerando que el hambre es en gran medida un problema de distribución y acceso de recursos productivos, y que están concentrados en manos de las transnacionales alimentarias, ninguna acción será realmente efectiva si no se aborda estos elementos que afectan su poder y sus intereses económicos.


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