Hacer turismo con identidad

Una vez consumado el “jueves de compadres”, el Carnaval chapaco entra en su época alta y el propio verano entra en su recta final; fechas claves para definir la suerte de una temporada turística “pasada por agua” que debe abrir a la reflexión.
Los ciudadanos argentinos y bolivianos siguen acudiendo a Tarija a vacacionar fundamentalmente por dos motivos: el familiar y el buen nombre de lugar tranquilo que todavía se conserva. Por muchos esfuerzos que se hagan en la promoción de eventos y por muchos recursos que se gasten en giras y patrocinios en el eje central, al final son los propios familiares quienes ejercen de embajadores y marqueteros para atraer a los “turistas” a Tarija.

Nos hemos acostumbrado – auto engañándonos – a contabilizar como turistas a todos aquellos que compran un derecho de terminal en las puertas de la monstruosa nueva infraestructura para acompañar hasta el andén a sus familiares directos. A veces ni tan directos. Es una costumbre tan tarijeña que es necesario facilitarlo, pero no eso quiere decir que debamos ser cómplices de un engaño. La mayor parte de los turistas que llegan cada verano son familia volviendo a sus orígenes.

Descontando a todo ese montón de tarijeños en el exterior y familia ampliada que retornan al pago anhelado en las fechas anheladas o deseadas, el perfil tipo del turista es el joven boliviano en busca de desenfreno y la familia argentina o paceña en busca de un descanso barato. Unos y otros buscan comer y beber bien, pero de forma muy diferente.

Los primeros “encontraron” el lugar al final de la primera década de este siglo, cuando Tarija empezó a desperezar de su letargo y a reclamar algo de espacio en el panorama nacional; entonces muchos jóvenes entendieron que aquí había algo más que leyendas de la Guerra del Chaco y refugios de políticos hábiles. El sol, el vino y la accesibilidad convirtieron a Tarija en un destino factible.

Los segundos venían de siempre, solo que en los últimos años las posibilidades de viajar se volvieron más accesibles, y si bien seguimos a años luz de aplicar políticas que faciliten el turismo interno – fines de semana largos, ofertas estacionales, incentivos culturales, seguridad en el servicio, facilidades familiares, etc. -, el mito de Tarija sigue más o menos intacto en el imaginario nacional.

A pesar de que todo el mundo comparte más o menos el diagnóstico, no se dejan de tomar medidas en el sentido contrario, que en lugar de incentivar, desincentivan el Carnaval. Las fiestas de Fin de Año se privatizaron, pero todavía quedaba el Carnaval. Ya no. O prácticamente no. Más allá de los jueves previos, el resto se ha convertido en un festejo privado y lo que es peor: sin identidad.

Los horarios, los excesos, las ganas de algunos de ganar en un solo saque aquello que hay que cultivar con detalle, la falta de planificación o la falta de honra a la promesa, la publicidad engañosa y los nuevos centros de bullicio que también han modificado el anhelo de la paz y tranquilidad no aportan a una solidez turística propia.

Todos hablan de turismo, pero pocos se sinceran en lo que desean, sea por la doble moral, sea por la falta de visión. Es necesario que todos los actores se concentren en salvaguardar lo más preciado de Tarija, aquello que atrae a los visitantes ávidos de integrarse en un ecosistema atractivo y personal. De no hacerlo, lo más probable, es que pronto solo quede la capacidad de engañarnos con los boletitos de la terminal.

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