Experto: las etapas del desarrollo económico son utopía capitalista

David Ruccio, profesor de economía de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU), afirma que la idea básica del desarrollo ha sido que “las sociedades tradicionales necesitan ser transformadas para atravesar las varias etapas de crecimiento, y si tienen éxito, eventualmente treparán la escalera del progreso y alcanzarán el desarrollo económico y social moderno”.

En ese sentido, “desde el mismísimo principio, el área de la economía dedicada al desarrollo del tercer mundo ha estado empapada de un impulso utópico”, en el que los países subdesarrollados deben seguir el camino trazado por los desarrollados.
Una de las teorías más famosas acerca de las etapas del desarrollo fue elaborada por Walt Rostow en 1960, economista y politólogo estadounidense que poco después fungió como Asistente Especial para Asuntos de Seguridad Nacional del presidente Lyndon Johnson, entre 1966 y 1969.

Analizando las economías desarrolladas para encontrar los caminos por los cuales transitaron para llegar a su situación y poder replicarlos en los países subdesarrollados, Rostow se planteó responder una serie de interrogantes.

Entre ellas: ¿Bajo qué impulsos las sociedades tradicionales y agrícolas comenzaron el proceso de su modernización? ¿Cuándo y cómo se convirtió el crecimiento regular en una característica incorporada de cada sociedad? ¿Qué características sociales y políticas comunes del proceso de crecimiento pueden ser identificadas en cada etapa? ¿Qué fuerzas determinaron las relaciones entre áreas más desarrolladas y menos desarrolladas?
A partir de ello fue que Walt Rostow postuló que el crecimiento económico ocurre en un camino lineal, atravesando cinco etapas, cada una de las cuales puede tener una duración que varía según cada país y contexto.

Las 5 etapas del desarrollo
La primera etapa es la de la “sociedad tradicional”, basada en la subsistencia, la agricultura, pesca, silvicultura y algo de minería.

La segunda etapa es en la que se dan las “pre-condiciones para el despegue”. En esta etapa se construye la infraestructura básica para que pueda tener lugar el desarrollo. Por ejemplo una red de transporte, generación de excedente monetario a partir de la agricultura, fuentes de energía, comunicaciones, etc.

La tercera etapa es la del “despegue”. Se introduce la industria manufacturera (la revolución industrial en los países desarrollados) que crece rápidamente, se mejora la infraestructura, se masifica la inversión financiera a través del ahorro, y se genera un cambio cultural.

La cuarta etapa es la del “avance hacia la madurez”. Se caracteriza por la generación de nuevas ideas y mejora tecnológica. Se reemplaza las industrias antiguas, y el crecimiento económico se esparce a través del resto del país.

Finalmente, la quinta etapa de Rostow es la del “elevado consumo masivo”. En esta etapa la gente tiene más riqueza y compran bienes y servicios (sociedad de consumo). Los sistemas de bienestar están plenamente desarrollados, y el comercio se expande.

Según esta teoría de las etapas, todos los países “tradicionales” o “incivilizados” deben ir atravesándolas para alcanzar el estado de desarrollo de los países ricos. O sea seguir el mismo camino para llegar al mismo destino.

Las teorías de la modernización
Para los académicos heterodoxos, el origen del modelo de Rostow y muchas de las teorías desarrollistas predominantes de la actualidad se remontan a Adam Smith, a través del énfasis en el incremento de la productividad, la expansión de los mercados y la idea de asociar el desarrollo con el crecimiento del PIB.

En cambio, los modelos desarrollistas que prevalecieron inmediatamente después de la Segunda guerra Mundial presuponían que las condiciones para el crecimiento no eran automáticas, sino que debían ser diseñadas a través de la intervención estatal y de la cooperación internacional.

Al respecto, Ruccio explica que “la teoría de la modernización convencional fue creada en la década de 1950, justo después de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo del comercio fue severamente interrumpido y en medio de procesos de descolonización y de la Guerra Fría, cuando el socialismo y el comunismo eran alternativas atractivas para muchos de los movimientos de liberación nacional en el Sur Global”.

En este contexto, “los académicos y políticos en EEUU y Europa occidental hicieron un esfuerzo determinado para alardear sobre el desarrollo capitalista y a realizar los cambios económicos y sociales necesarios en las excolonias occidentales para iniciar la transición hacia el crecimiento económico moderno”, agrega.

Todo esto mientras las potencias occidentales intentaban reconstruir las instituciones globales del capitalismo a través del trío Banco Mundial, FMI, GATT (predecesora de la OMC), que fue inicialmente forjado en 1944 en el Tratado de Bretton-Woods.

Oscilando entre Estado y mercado
Siempre con la idea de sentar las bases para el capitalismo y su despegue, las teorías de la modernización oscilaron entre una mayor intervención estatal y un mayor protagonismo del libre mercado.

En ese primero momento de la posguerra, la idea predominante era que se necesitaba de la intervención del gobierno para interrumpir y cambiar las instituciones económicas y sociales de la llamada “sociedad tradicional”.

Solo así se lograría trazar el camino para dar los pasos necesarios para transitar de la agricultura a la industria, crear mercados nacionales, construir la infraestructura física y social adecuada, generar una clase emprendedora (burguesía) nacional, y eventualmente elevar el nivel de inversión y emplear tecnología moderna para aumentar la productividad tanto en áreas rurales como urbanas.

“Esos eran los tiempos de los modelos del Gran Empuje, del Crecimiento Desequilibrado y de la Industrialización por Sustitución de Importaciones. Sólo después, durante la década de 1980, la economía del desarrollo viró hacia las tendencias neoclásicas y el libre mercado”, puntualiza al respecto Ruccio.

Esa “nueva ortodoxia”, conocida como el Consenso de Washington, se enfocaba en la privatización de empresas públicas, la eliminación de regulaciones gubernamentales y la liberación de los flujos comerciales y del capital.

“Imitando los debates en las corrientes predominantes de la micro y la macroeconomía, la economía del desarrollo osciló de un lado a otro -dentro y entre países-, entre una orientación más pública y orientada por el gobierno, y una orientación más privada y de libre mercado”, resume el académico.

Así, aunque los debates entre las visiones contrapuestas dentro de la corriente principal de la economía del desarrollo fueron intensos, por debajo de sus diferencias teóricas y políticas, han compartido “un utopismo basado en la idea de que el desarrollo económico moderno es equivalente a y puede ser alcanzado como resultado de la expansión de los mercados, la creación de un sistema de derechos de propiedad bien definido, y el crecimiento del PIB”.

Al final de cuentas, Ruccio afirma, “es el mismo utopismo que es simultáneamente premisa y promesa de una larga lista de contribuciones, desde ‘La Riqueza de las Naciones’ de Adam Smith, pasando por las etapas del crecimiento de Rostow, hasta los experimentos e instituciones de la corriente principal de los economistas del desarrollo de la actualidad”.

Las críticas desde el posmodernismo
Las alternativas a este tipo de desarrollismo también tienen un horizonte utópico, que se basa en una dura crítica de la teoría y práctica de la llamada “industria del desarrollo”.
Una de las principales corrientes de estas críticas fue liderada por estudiosos como Arturo Escobar, antropólogo colombiano y profesor en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.

Escobar y otros pensadores posdesarrollistas cuestionan todo el edificio teórico de las ideas occidentales que apoyan el desarrollo. Para ellos, el desarrollo ha significado poco más que el “conveniente ‘descubrimiento’ de la pobreza en el tercer mundo, con el propósito de reafirmar su superioridad cultural y moral en tiempos supuestamente post-coloniales”.

En su visión, el desarrollo ha sido, simultáneamente, una exportación ideológica y un acto de imperialismo cultural y económico, mediante la utilización de un lenguaje “altamente tecnocrático” y un “enérgico despliegue de normas y juicios de valor particulares”, occidentales.

Ruccio agrega que esta crítica tiene sustento pese a que la industria del desarrollo afirmó haber mejorado sus prácticas pasadas, superando el enfoque “anti pobreza y pro crecimiento económico” y acercándose hacia enfoques basados en las necesidades humanas básicas. “Continuó cayendo en la seria trampa de imponer una agenda linear y modernizadora occidental a los demás”.

Para estos pensadores posdesarrollistas, la alternativa para el desarrollo tradicional emerge de la creación de un espacio para la que la “acción local” se reafirme a sí misma.
En la práctica, esto significa “fomentar las comunidades locales y las tradiciones enraizadas en identidades locales para que éstas enfrenten sus propios problemas, criticando cualquier distorsión –tanto económica como política, nacional e internacional- que limite la habilidad de la gente para imaginar y crear diversos trayectos hacia su propia forma de desarrollo”.

Una utopía diferente al desarrollo
David Ruccio considera que un segundo momento de esa crítica cuestiona la noción –afirmada por economistas tradicionales y a menudo compartida por pensadores posdesarrollistas- de que el capitalismo es “la esencia centrada y centralizante del desarrollo del tercer mundo”. Es más, afirma que esta visión “capitalocéntrica” de la economía ha servido para “debilitar o limitar un re-pensamiento radical de y más allá del desarrollo”.

El experto se refiere a “capitalocentrismo” cuando algo no capitalista es reducido y visto meramente como el opuesto o complemento o localizado dentro del capitalismo en si mismo. O sea el desarrollismo, sea estatista o liberalista, sigue siendo capitalocéntrico. Incluso nociones como “no capitalista” o “anticapitalista” son capitalocéntricas porque usan el capitalismo como referencia, lo que limita un pensamiento más allá de esa visión del mundo.

Para salir de este dilema hay que “abrir la economía a nuevas posibilidades, teorizando diferentes y potenciales conexiones entre y dentro diversos procesos de clase”. O sea que mediante la combinación del posdesarrollismo con el pensamiento anti-capitalocéntrico basado en clase se evite la utopía del desarrollo del tercer mundo, ya que constituye un horizonte utópico diferente.

“Esto conduce a una dirección radicalmente diferente: hacer que los procesos y proyectos de clase no capitalistas sean más visibles, menos ‘irreales’, como un paso hacia el destronamiento de la industria del desarrollo, y fortaleciendo las políticas económicas más allá del desarrollo”, concluye Ruccio.