A lo largo de los años Tarija tuvo muchas costumbres populares que entretenían a los pobladores y que formaban parte de la vida misma de la gente. Hoy se cuentan como hermosos recuerdos, pues los tiempos han cambiado y con ello las condiciones.

Una de las costumbres que cuenta Dora Jiménez, de 70 años, era el “Rompe de naranjas”  que consistía en extraer el fruto de los árboles que generalmente estaban en la calle o fincas, que no tenían cerco seguro.

Esto de ninguna manera era considerado malo y mucho menos ilegal

“Era muy emocionante para nosotros como adolescentes, aunque generalmente iban los hombres, yo los seguía”, dice Dora. Más aún, sobre el tema también se refiere el escritor Agustín Morales Durán, quien escribe que todas las noches y principalmente en las madrugadas de Semana Santa los muchachos comenzaban “La cosecha”.

Cuenta que no sólo se llenaban los bolsillos de naranjas sino también que llevaban bolsas negras para traer la mayor cantidad posible.  Añade que en esas épocas sabían incluso qué naranjos eran los más dulces por lo que extraer el fruto de esos árboles era toda una “disputa” que se disfrutaba.

Según Dora los sanroqueños eran los que se llevaban los mejores frutos porque se reunían de madrugada  y se adelantaban a los demás grupos de muchachos. “Por el mismo afán de muchachos traviesos, el mejor gusto que podíamos tener era el de hacer rompe de naranjas, aún a costa de persecuciones que les hacían los jardineros o las rondas que siempre andaban merodeando”, relata Agustín Morales.

Francisco Gutiérrez cuenta que había temporadas largas de naranja, que se alargaban de marzo hasta agosto, pues mientras algunos árboles tenían sus frutas tempraneras otros estaban en floración.

“Qué hermosas épocas eran aquellas en las que disfrutábamos de rica fruta, fraganciosa y dulce. Eran tiempos de mucha alegría”, dice Gutiérrez.

Árbol de naranja

Las salidas a la puerta de calle

Pero otra hermosa costumbre, que recuerdan muchos adultos mayores la constituían las tardes de mate, té y tertulia en las puertas de las casas. Hoy esta práctica aún la realizan algunos vecinos de barrios alejados, sin embargo ya no con la intensidad y el relajamiento que significaba en épocas pasadas.

Se cuenta que en la antigua Tarija las tardes pasaban tranquilas con pequeños sobresaltos como la llegada de algún político o “fenómeno” como los circos o parques de diversiones.

Algunas casas aún conservan los asientos de piedra en las puertas de calle, en muchas otras se los hicieron sacar

Al caer la tarde, y con ella los rayos del sol, de cada una de las casas salían las respetadas matronas con su cortejo de hermosas hijas a  sentarse en las puertas de sus casas. Muchas casas se hicieron construir asientos de piedra al lado de sus puertas principales para apreciar de mejor manera  el paso de la gente. Algunas casas de Tarija, aún conservan esto.

Según Agustín Morales, ahí en ese ambiente se tejían los chismes y se intercambiaban visitas. Lo característico era el té o un mate, nada de bebidas alcohólicas.

Rosa Guzmán, de 80 años, cuenta que salía con su madre a la puerta de la calle y entre los mejores recuerdos está la paz que se respiraba, el ambiente cálido y a la vez fresco y esa sensación de relajarse tras haber terminado con los quehaceres del día.

Las visitas y convites

Otra costumbre popular y sana era la de hacerse visitas recíprocas entre vecinos, por motivos de salud o por la llegada de algún familiar. Para esto según Agustín Morales se acomodaban asientos en los amplios corredores de las casas.

Más aún, la regla era avisar el día y la hora de la visita para que el dueño de casa los espere con algún manjar de media tarde.

Pero otra tradición eran los convites, estos sucedían cuando se trataba de algún cumpleaños, bautizo o graduación.

Según el escritor, las fechas especiales motivaban las reuniones familiares y de amigos, para las cuales se preparaban comida y bebidas sin alcohol. “En los convites no faltaba la leche, que le llamaban orchata, ésta se preparaba con almendras. A las personas mayores se les ofrecía mistelas”, relata Agustín Morales.

Se cuenta que en los convites se daban interesantes conversaciones, más aún no se llegaba a consumir bebidas alcohólicas porque comenzaban y terminaban temprano. Un lindo recuerdo de esta costumbre es la solidaridad que tenían las personas, pues cada quien aportaba de manera voluntaria con un manjar que quisiera compartir.

“Qué buena gente fue la de aquellos tiempo, vivía unida, tranquila y en armónica relación. No se conocían envidias, peleas o incidentes entre vecinos, todo se desenvolvía en un ambiente de amistad y afecto”, concluye Agustín Morales.

Pero también había otras prácticas, los hombres se reunían al calor de unos vinos y se acompañaban de interpretaciones musicales de instrumentos que hoy ya no se usan en las reuniones sociales actuales, tales como el acordeón y unas guitarras pequeñas y redondas similares a las guitarras turcas.