El fuego no ha terminado

Si algo evidenció el incendio de Sama es que la reserva estaba siendo avasallada por asentamientos humanos, comunidades, casas de veraneo, etc., que poco a poco van empujando el monte hacia arriba… pero siguen creciendo

El Ministro de Comunicación Manuel Canelas ha dado una serie de explicaciones meridianamente claras de por qué no se declara desastre nacional el incendio de la Chiquitanía, las cuales son objetivamente ciertas. El Estado no ha sido desbordado ni técnica ni económicamente para hacer frente a un incendio que lleva más tiempo activo del que debería, pero sobre el que se están haciendo esfuerzos notables.

En el lugar hay 2.000 soldados desplegados, que para algunos puede parecer una cifra relevante, pero es relativamente pequeña respecto al conjunto de las Fuerzas Armadas del país. Tal vez sería más útil contar con más efectivos allí, pero corresponde en este caso a las propias Fuerzas Armadas valorar y obrar en consecuencia, pues en algún modo es cierto que lo que está en juego es también la capacidad de Bolivia de enfrentar sus propios problemas.

También tiene razón el presidente Evo Morales cuando dice que lo importante ahora es apagar el fuego, y que después tocará hablar de responsables. Una declaración de Perogrullo que choca de bruces con la realidad de la campaña electoral y dos bandos enfrentados con inquina dispuestos a utilizarlo todo para sacar la más mínima ventaja.

Hace dos años y unos días se desató en la cordillera de Sama, en Tarija, el último gran incendio forestal que devoró unas diez mil hectáreas de pastizales y bosque. Una tragedia que movilizó a cientos de voluntarios en una lucha conjunta, pero que sobre todo fue enfrentada por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

La cifra de hectáreas consumidas es inmensamente menor a las 850.000 que se calculan se han perdido en el icónico bosque seco chiquitano, de una particularidad única en el sistema ecológico. En lo que se parece más es en lo que tuvo que ver con la reacción, y también en el ruido político que sucedió durante y después. Hubo movilización, promesas, análisis; hasta se crearon fundaciones con campañas nacionales para la reforestación, pero poco se ha cambiado en el manejo del bosque.

En aquel momento quedaron en evidencia la falta de medios materiales, pero también algunos aspectos de planificación, como la consolidación de caminos y cortafuegos que permitan atacar cualquier incendio con estrategia para su apagado y no con la pura voluntad y oración.

En ese aspecto se ha trabajado poco en Sama y mucho menos en otras reservas como Tariquía o el Aguaragüe. Peor en el resto del departamento, que en este caso funciona idéntico al resto del país. Es verdad que Bolivia tiene un millón de kilómetros cuadrados, pero vale más invertir en prevención que comprar un Supertánker y esperar que algo suceda; sin entrar en lo que costaría su mantenimiento.

Si algo evidenció el incendio de Sama es que la reserva estaba siendo avasallada por asentamientos humanos, comunidades, casas de veraneo, etc., que poco a poco van empujando el monte hacia arriba. Los estudios recientes vienen a indicar que ese problema no solo no se ha corregido, sino que sigue aumentando.

El fuego no ha terminado y lo prioritario es enfrentarlo. Como después es necesario depurar responsabilidades, pero sobre todo, aprender de los errores y aplicar esa sabiduría en la prevención. El origen de todo esto no es divino, sino humano.

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El fuego no ha terminado y lo prioritario es enfrentarlo. Como después es necesario depurar responsabilidades, pero sobre todo, aprender de los errores