La nueva elección está en marcha. Con plazos demasiado inciertos y con toda la apertura para que entren nuevos candidatos, como si nadie quisiera recordar el 20 de octubre, la cita está ya en el aire a falta de que se concrete la conformación del Tribunal Supremo Electoral (TSE) y se consoliden las fórmulas de unos y otros.

El Movimiento Al Socialismo (MAS) ha jugado un rol especialmente serio y responsable en este proceso; muy desprendido del dolor interno; muy conflictuado por las decisiones que le han llevado al borde del abismo. Un abismo por el que se han despeñado buena parte de los “activos” del “Gobierno – partido” de los últimos años, pero por el que los “más activos” de la “calle – partido” se resisten a descender. Un abismo por el que se espera se condene a los que leyeron con excesiva prepotencia los designios de los últimos años, básicamente para proteger un proceso que sigue más vigente que nunca.

Bolivia dista muchísimo de ser el “paraíso socialista” que algunos preconizan.A estas alturas, nadie podrá negar que la nacionalización y las medidas destinadas a guardar el excedente fueron necesarias, pero tampoco podrá nadie asegurar que el Estado ha cubierto las necesidades elementales.

La altura de Estado mostrada por los parlamentarios del MAS no fue alcanzada por un discurso de la Presidenta Jeanine Áñez, tal vez ya en clave electoral, que en lugar de abrir los brazos a un futuro próspero, como desean los bolivianos, se ensañó en recordar los dolores del pasado, ensalzando unas victorias que no sucedieron y que, en cualquier caso, deberían tener un respaldo en las ánforas, algo que no pasó el 20 de octubre por mucho fraude que se evidencie.

Como sea, Bolivia ya está inmersa en un nuevo proceso electoral, muy diferente al vivido el 20 de octubre, y a la vez tan igual. Sin fecha en el calendario, las apreturas económicas no descansan y las nuevas realidades políticas del entorno tampoco. La campaña electoral pasada fue larguísima y tediosa, la que se avecina promete ser breve, pero también definitiva.

Las emociones de los últimos días han dejado al país en una suerte de catarsis ideológica que, sin embargo, debe ser reposada. Evo Morales hace mal en considerar la revuelta en su contra como un movimiento contra sus políticas; pero peor hacen aquellos que creen que eso es cierto.

Bolivia dista muchísimo de ser el “paraíso socialista” que algunos preconizan. Más bien todo lo contrario. A estas alturas, nadie podrá negar que la nacionalización y las medidas destinadas a guardar el excedente al interior de nuestras fronteras fue una palanca esencial para el salto del país, que venía de una miseria y un vaciamiento sistémico propiciado por las políticas neoliberales más ortodoxas aplicadas en los 90 y principios de los 2000. Pero tampoco podrá nadie asegurar que el Estado ha cubierto las necesidades elementales o que han desaparecido las desigualdades y clasismos de antaño, ahora aderezados con un racismo reverdecido.

La elección de octubre se basó en una dicotomía: Democracia versus Economía. Salió muy mal, precisamente porque no son conceptos antagónicos, sino complementarios. Ya sin Evo Morales en el escenario, los aspirantes deberán definir muy precisamente el Estado que pretenden administrar en el futuro, sin eufemismos, sin rodeos, sin contraposiciones. Bolivia sigue hoy sumando enormes porcentajes de pobreza extrema, mucha desigualdad y mucha oligarquía dominante.

Las ideas, por encima de los rostros dominantes, en este viaje, cuentan.