El drama de los profesionales de la salud en la pandemia

Llevamos 85 días desde que China informara del brote de coronavirus (Covid-19) en Wuhan, 65 días desde que el gobierno chino declarara “emergencia” a raíz del brote, 15 días desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara oficialmente como pandemia esta enfermedad y 15 días también, desde que el Ministro de Salud de Bolivia anunciara los dos primeros casos en el país (uno en San Carlos -Santa Cruz- y otro en Oruro).

El 17 de noviembre de 2019 se apunta como la fecha real del primer caso de COVID-19 en el mundo (el paciente cero sería una mujer de 55 años residente en Hubei-China). Recién a fines de diciembre en los hospitales chinos supieron que se enfrentaban con una nueva enfermedad, pese a que la cifra fue aumentando rápidamente desde aquel 17 de noviembre. Para el 15 de diciembre el total de personas con coronavirus era de 27. A finales del 2019 el número de infectados llegó a 266 y el 1 de enero a 381. Hoy, 25 de marzo 2020 (Hs. 23.00) la OMS informa que ya son más de 462.000 las personas infectadas en alrededor de 187 países.

La pandemia por COVID-19 puso al mundo de cabeza. No solo porque se empezaron a multiplicar de manera exponencial los casos, a contarse los pacientes hospitalizados,  a apuntarse los recuperados y fallecidos, a limitar la movilización de la gente, a suspender vuelos, a dejar sin efecto las clases, a cerrar fronteras y otro sinnúmero de medidas cuestionables unas, y acertadas otras; amén del desplome de las bolsas  y un sin fin de repercusiones económicas…sino que, sirvió para que los líderes de las diferentes naciones se mostraran de cuerpo entero. Hay para todos los gustos, desde el discurso sereno, serio y confiable de la Sra. Merkel, hasta las barrabasadas de López Obrador que sale a la calle, da besos y abrazos y con escapulario en mano exclama “detente enemigo, que el Corazón de Jesús está conmigo”, para culminar invitando a los ciudadanos a que salgan sin temor a las calles.

Dentro de este caos, uno de los grupos más afectados es el de los trabajadores de la salud y ahí están particularmente los médicos y enfermeras. Son los que tienen que enfrentar esta “guerra”, en condiciones desiguales en las distintas partes del planeta. Son los que están en primera línea. No dan abasto. Están exhaustos en aquellos lugares donde el azote de la pandemia se encuentra en el pico más alto. No estaban preparados para esto…, en realidad, nadie estaba preparado para enfrentar la peor crisis sanitaria “globalizada” de los últimos 100 años.

El primer médico, víctima de la pandemia o, para ser más precisos, víctima en primer lugar del gobierno de su país que lo mandó callar y luego, del COVID-19, fue el Dr. Li Wenliang, oftalmólogo que trabajaba en el Hospital Central de Wuhan y que, mediante un chat, trató de alertar a sus colegas médicos sobre la presencia de pacientes con neumonía que se parecía al SARS.

Lo hizo, según declaró más tarde, para que sus compañeros médicos tomaran recaudos y usaran los medios de protección adecuados para evitar contagios. A raíz de esto, el doctor Li recibió la visita de la Policía y lo llevaron a una comisaría donde lo acusaron de “propagar falsos rumores” haciéndole firmar un documento donde se comprometía a callar. Li siguió trabajando hasta el 8 de enero, día en el que atendió a una paciente con glaucoma, sin saber que era portadora del nuevo coronavirus.

Dos días después empezó a presentar los primeros síntomas: fiebre, dolor de garganta, tos seca, dificultad para respirar. Fue internado y luego de hacerle reiteradamente los exámenes le confirmaron que estaba infectado por el COVID-19. Fue él quien personalmente difundió la noticia a sus familiares y amigos: “positivo”, “la suerte está echada” fue su mensaje por el chat, según reporte de los medios de comunicación. Falleció el 7 de febrero de 2020, a los 34 años, desatándose una ola de indignación y cuestionamiento contra el gobierno, símbolo del dolor y la rabia por la gestión del coronavirus.

Hoy, son miles los profesionales de la salud víctimas de esta nueva enfermedad y/o de la ineptitud e irresponsabilidad de quienes los gobiernan. En Italia se informa que dentro del personal sanitario son, hasta ahora, 5.700 los afectados. Al momento se lamenta la muerte de 29 médicos, entre ellos uno que ya estaba jubilado y que, ante el llamado desesperado por la insuficiencia de profesionales, se había presentado como voluntario.

A esto se suman las desgarradoras historias del suicidio de no pocos profesionales de la salud. Entre ellas, las de dos enfermeras que estuvieron en primera línea enfrentando al monstruo y tratando de contener además de sus miedos, el de sus pacientes. Una de ellas, de 34 años, enfermera de terapia intensiva, apareció ahorcada en el propio hospital. Estaba agotada por el trabajo y el dolor de las personas que la rodeaban, es lo que relatan sus compañeros. La gota que colmó el estado de tensión en el que estaba ella fue enterarse que se había contagiado. La otra, de 49 años, no pudo con la tragedia y sin que nadie se percatara se arrojó al mar.

En España, el 14% de los infectados por COVID-19 son profesionales sanitarios. Y esta cifra tan alta se debe a la escasez de equipos de protección individual. Según las cifras publicadas a la fecha, 5.400 profesionales se contagiaron.

En nuestro país, aún no se ha desatado la tormenta. Pero ya se avizora que en “cuanto estalle”, los profesionales de la salud estarán en el grupo de los más afectados. No es novedad la precariedad de nuestro sistema de salud; la carencia de recursos humanos, las insuficiencias crónicas de infraestructura adecuada, la falta de equipamiento, de insumos, medicamentos, de sistemas de transporte…solo para mencionar algunos de los problemas con los que generaciones de médicos vienen lidiando y que ahora se constituirán en sus principales enemigos.

La OMS ha advertido ya “que los trabajadores de la atención sanitaria dependen del equipo de protección personal (EPP) para protegerse a sí mismos y a sus pacientes y evitar infectarse o infectar a otras personas”, equipos que a decir verdad si los hay al momento, son contados. Un matutino cochabambino muestra cómo en el centro de salud Villa María del Distrito 5 de Quillacollo, el conjunto de los funcionarios, confeccionan personalmente sus “trajes de bioseguridad” para atender a pacientes con coronavirus. Lo hacen usando ponchillos desechables, de esos que se venden a 5 bolivianos para protegerse de la lluvia.

Hace poco, el Secretario de Naciones Unidas expresó su agradecimiento a los trabajadores de la salud: “estoy profundamente agradecido por los heroicos esfuerzos de los trabajadores de la salud en la primera línea de la lucha global contra el coronavirus. Su coraje es ejemplar y su compromiso es inspirador. Día y noche siguen prestando ayuda a los necesitados, a menudo a través del sacrificio personal. Debemos asegurarnos de que los trabajadores de la salud reciban el apoyo que necesitan para seguir llevando a cabo su trabajo crítico en este momento difícil”, es lo que dijo.

Pero en estas horas cruciales que nos sacuden, los trabajadores de la salud precisan mucho más que aplausos y agradecimientos. Necesitan que se les dote de todo lo que haga falta para proteger su salud y su vida y así seguir prestando ayuda a los que la necesitan. Necesitan volver a casa, sanos y salvos. Necesitan que sus gobiernos, por lo menos por esta vez, estén a la altura del momento.