Verónica era golpeada de manera constante por su esposo, tenían tres años de casados y al segundo comenzaron las agresiones. En innumerables ocasiones dijo a sus amigas que se sentía harta de ser despreciada por su pareja.  De esta unión nació Camila, una niña que para entonces (2010) tenía un año.

Los días en casa de Verónica corrían sin cambios, despertarse, atender a su hija, y atender al esposo que a veces llegaba a dormir y a veces no. Lo triste era que cada jornada los gritos y discusiones no tardaban en llegar y en medio de esas peleas, ¡pum! la mano de su marido estaba sobre su cara, con un golpe de puño y ese dolor que parte el corazón cuando te golpea el hombre que “amas”.

Según cuenta Verónica todo eso se fue acumulando hasta que un día comenzó a ver a su hija con rabia, como si la pequeña fuera un error andante. Entonces decidió descargar su ira en ella, los gritos eran el menú diario para la niña.

Entretanto, el despecho crecía a raudales y su esposo estaba cada vez más ausente. Hasta que un día eran las dos de la madrugada y el teléfono fijo interrumpió el sueño de Verónica. Estaba en casa durmiendo con su hija. Al escuchar las llamadas agilizó el paso y contestó de inmediato, era su esposo junto a una mujer, ambos borrachos se reían y le insultaban.

“Se me vino el mundo abajo, quería suicidarme porque al final yo renuncié a mi vida por tener una familia al lado de ese hombre. Pero en un momento de sensatez, miré a mi hija, respiré profundo y llamé a mi madre. Le conté todo lo que había ocultado para evitar afectarla. Los golpes, los gritos y la rabia incontrolable que sentía. Apenas colgué el teléfono tocaron a mi puerta, salí temerosa y era mi papá. El único hombre que en ese momento podía darme la paz y confianza que necesitaba, lo abracé sin aliento y me eché a llorar en su hombro. ‘Tranquila nos vamos a casa’, me dijo y con el corazón hecho un nudo alcé a mi hija, mis cosas más importantes y me fui de ese infierno”, revela Verónica, quien ya se divorció y con ayuda psicológica ha encontrado la paz que necesita.

Cuando el despecho lleva a la venganza

Pero no todos los casos tienen este desenlace. En Bolivia y en otros países se registran muchos delitos de infanticidio. Una gran parte de ellos son incentivados por un sentimiento que ha provocado desastres en el ser humano, una emoción turbia llamada: “despecho” y otra acción aún más fuerte llamada “venganza”.

Para la psicóloga Claudia Herrera el despecho es un sentimiento que se puede producir en el plano sentimental. Este resentimiento hacia el otro se vive de manera más intensa tras la ruptura de una relación, sobre todo cuando una de las personas no acepta el fin de la relación.

“El despecho tiene su raíz en el momento en el que una persona siente que tiene que aceptar una decisión que le desagrada y que ella no ha tomado por decisión propia”, explica la experta.

Durante los primeros ocho meses de 2018 fueron registrados en Bolivia un total de 58 casos de infanticidios, es decir, aproximadamente siete niños perdieron la vida cada mes a manos de sus padres, familiares o pareja de sus padres, según establece un reporte de la Fiscalía General del Estado (FGE). Hasta el 21 de enero de este año el Ministerio Público reportó siete casos de infanticidio, esto demuestra que la tendencia de siete infanticidios por mes se ratifica.

Entre los casos escalofriantes que ejemplifican el despecho como causa se cuentan los siguientes:

El abandono

Era mayo de 2018 cuando un padre decidió asesinar a su hijo y después suicidarse. ¿Por qué hizo esto? Tomó la decisión  ante la negativa de su esposa de volver a vivir con ellos, así lo informaron desde la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) de El Alto.

“A las 09.30 de este lunes el personal de la Unidad de Homicidios levantó dos cadáveres en la zona 9 de Diciembre, en la carretera a Achocalla. En la escena del crimen se encontró el cuerpo sin vida de un  niño de aproximadamente siete años de edad y metros más allá el cuerpo de un hombre de 31 años”, estableció el reporte policial.

Levantamiento del cadáver del niño asesinado y de su padre que se suicidó tras haber consumado el hecho

Maltratos y peleas

Pasaron los meses y en agosto de 2018 Bolivia se vio sacudida por un triple infanticidio. Un niño de siete años, otro de cuatro y una niña de un año fueron asesinados. De acuerdo con el reporte policial los tres menores  fueron ahorcados por su madre, de 25 años, quien luego intentó suicidarse.

Este hecho de sangre sucedió en una vivienda del barrio Lomas de Higuerani, en la zona sur de la capital cochabambina. La madre ahorcó a sus hijos como resultado de una pelea que tuvo un viernes con su esposo, de 28 años y de oficio albañil. El motivo fue que él dejó su hogar para ingerir bebidas alcohólicas.

“La mujer dejó unas notas de despedida en un cuaderno, una especie de carta póstuma, donde de alguna manera se queja de los maltratos que habría recibido tanto del esposo como de los familiares que los acogían”, se reportó desde la Policía.

El padre de los niños se percató del crimen cuando retornó a su casa, después de más de dos días, y luego auxilió a su mujer, que estaba tirada en el suelo cerca de un sobre de raticida vacío. La mujer fue llevada al hospital Viedma.

Entierro de los tres niños que murieron a manos de su madre

Separación

Otro hecho escalofriante sucedió en enero de este año.  Una mujer de 30 años mató a su hija de 7 años en la ciudad de Oruro y luego de cometer el macabro crimen también optó por quitarse la vida, informó la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc).

Desde la Felcc se reportó que la señora degolló a la menor con un arma punzocortante en un acto de venganza por la separación de su esposo. “La menor de 7 años de edad, que era su hija menor, era la más querida del padre de familia y en tal circunstancia decidió (…) arrebatarle la cabeza del cuerpo”, se reportó desde la Policía.

En el lugar del hecho, los efectivos recolectaron el arma punzocortante usada para matar a la pequeña y también una soga, que usó la mujer para quitarse la vida. Los cuerpos fueron encontrados en la vivienda de la familia y luego trasladados a la morgue del Cementerio General.

Precaria vivienda donde sucedió el hecho

Pero el despecho y la venganza también causan estragos en otros países. Era marzo de 2012 cuando Adriana Cruz decía fuerte y claro “Lo maté para cagar al padre.” La  voz se oía calmada desde el asiento trasero del patrullero en el que la llevaban detenida.

Adriana Cruz es la madre de Martín, un niño de 6 años que apareció muerto en el jacuzzi de una lujosa casa en el country Lagos de San Eliseo, en el partido bonaerense de San Vicente en Argentina.

“¿Lo mató por venganza?”, preguntó el cronista de Telefé, que logró arrancar la confesión. “Sí”, fue la firme y sucinta respuesta de la principal sospechosa.

Un arma para dañar a la pareja

“Asómate a la ventana para que veas lo que te mereces”. Pocas frases pueden albergar tanto rencor. Según La Razón de España eso fue lo que le dijo Francisco Javier B. C. a su ex mujer por teléfono, justo después de asesinar de tres puñaladas a su hijo de 10 años, y poco antes de quemar su coche –acompañado del cadáver del pequeño–, estrellarlo en una rotonda y acabar también con su vida.

Todos estos sucesos ponen de manifiesto que los más pequeños son el arma más terrible, y más indefensa, para dañar al cónyuge.

Como apunta el psiquiatra forense José Cabrera- entrevistado por La Razón de España- “un infanticidio de esta naturaleza cuenta con su propia denominación. Según la mitología griega, la sacerdotisa Medea, despechada tras ser abandonada por el héroe Jasón, mató a los dos hijos que tenían en común”.

Por eso, hablamos del “síndrome de Medea”. “Se trata de destruir, por odio al otro, aquello que se comparte: los hijos”, dice Cabrera y agrega que el agresor “creara en su cerebro ideas para autojustificarse”.

Para Lluís Borrás, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Barcelona “podría tratarse de una depresión mayor con síntomas psicóticos”. O un brote psicótico, por el que, “de forma transitoria, se cruza la barrera de la locura, aunque luego vuelva a la normalidad”.

Para la psicóloga tarijeña Sandra Vega el hecho de que por años se haya establecido que un hijo es el fruto del amor, hace aún más difíciles las cosas, pues cuando este amor idealizado no funciona, el peso de la rabia cae sobre el “fruto” de un amor que se desmorona.

Añade que si bien los hijos son parte del amor de una relación también debe primar el valor de la vida, el amor de cada uno de los padres, independientemente de lo que suceda entre ellos.  “El infanticidio es antinatural”, destaca.

“El pensar en hacerle a un niño este tipo de daño es un trastorno mental, que de a poco se va forjando con una relación toxica, lo mejor en ese caso es la separación o el divorcio”, aconseja.