La pandemia crece en todo el país, pero en ningún sitio, ni siquiera en Santa Cruz, se perciben unos datos tan desalentadores como en el Beni y en particular, en la ciudad de Trinidad.

Hasta el jueves se habían registrado 902 casos positivos y 57 pacientes fallecidos, el 95% concentrados en la ciudad de Trinidad, donde además se acumulan cruces en el cementerio improvisado específicamente destinado para enterrar a los fallecidos por la contagiosa enfermedad, pero que acoge a todos aquellos fallecidos de estos días, que han elevado el promedio ordinario, pero que no han tenido una prueba que confirme la enfermedad.

En Trinidad hablan ya de “contagio masivo” y se asumen más del doble de muertos de los reconocidos en las cifras oficiales. También muchos más casos positivos. Muchos, señalan fuentes periodísticas de la región, nunca engrosarán a las listas oficiales porque son tratados por médicos particulares, que han iniciado tratamientos con ivermectina y otros a la mínima sospecha y que probablemente, nunca tendrán ya ni la prueba que confirme la enfermedad. Otros simplemente se han encerrado en sus casas y combaten la enfermedad con lo que tienen a mano. O la aguantan hasta fallecer. Un departamento acostumbrado a luchar con el dengue sabe lo que es el estoicismo.

El silencio epidemiológico duró exactamente 40 días, desde el 10 de marzo al 20 de abril. Se rompió precisamente con un fallecido, y desde entonces no ha parado de crecer a una velocidad de vértigo y con sus propias peculiaridades

La tasa de incidencia en el Beni es de 187 casos cada 100.000 habitantes. En Trinidad está por encima de los 500 casos por 100.000 habitantes y es ya una de las tasas más altas en el continente. La sensación, en cualquier caso, es de que la tormenta no ha hecho más que empezar.

A Trinidad llegó esta semana un contingente de 24 médicos voluntarios muy aplaudidos por todos los estamentos, pero en realidad, lo que necesita son ítems de salud, de verdad y para siempre. La alarma saltó precisamente en el Hospital Trinidad, donde más de la mitad del personal sanitario resultó infectado. Beni se quedó sin intensivistas, pero también sin enfermeras, camilleros e incluso los choferes de las ambulancias renunciaron. Nadie les garantizaba las medidas de seguridad necesarias.

En el recuerdo de todos ellos está la penosa gestión que antecedió a la crisis, cuando todas sus autoridades políticas se dedicaron a saludar su suerte como si de un éxito se tratara y a inflar el pecho asegurando los “cero casos” que había en el Beni.

El silencio epidemiológico duró exactamente 40 días, desde el 10 de marzo al 20 de abril. Se rompió precisamente con un fallecido, y desde entonces no ha parado de crecer a una velocidad de vértigo y con sus propias peculiaridades. Su laboratorio recién ha empezado a funcionar, unos días antes que el de Tarija, y aunque sus muestras tardaban menos, también había días sin casos. Incluso ahora hay días sin datos, que lo que en realidad reportan es una dificultad en la toma de muestras: no hay kits o no hay reactivos.

Hoy urge intervenir en el Beni y dejar el reparto de responsabilidades para después, y además, aprender de los errores para no volver a cometerlos. La amenaza no ha terminado.