El amo de los relámpagos

Hay un extraño silencio entre los gritos eufóricos del público, como si el mundo dejara de girar solo para él. Mira al suelo con sus ojos almendrados de un profundo color café mientras sus delgadas manos tocan el pavimento pintado, está muy frio.
Tensa las largas y musculosas piernas como un rito para no ponerse nervioso antes del momento esperado. Sobrepasa a los demás competidores con sus casi dos metros de altura, eso le hace pensar que tiene alguna ventaja otorgada por la providencia.
De pronto choca contra los muros del estadio un sonido estruendoso, una gota de sudor se desliza por su achatada frente y se levanta como un rayo. Le vienen a la mente recuerdos de su infancia compitiendo con amigos en su natal parroquia de Trelawny. Todos esos días corriendo bajo el abrasador sol lo llevaron muy lejos de casa.
Ahora es el momento de mostrar al mundo las millas de millas que sus callosos pies recorrieron sin miedo a tropezar. Corre como si su cuerpo moreno pesara lo mismo que una pluma, el viento es suyo. Sus brazos y piernas se mueven con una coordinación perfecta, lleva el amarillo, verde y negro de Jamaica pintados en su camiseta y sus shorts; no puede fallar.
Pasan solo nueve segundos, de pronto todos guardan el silencio de un cementerio, la luz de los reflectores quiebra la lluvia que empieza a caer, y él atraviesa la cinta de color rojo rompiéndola para siempre.
Los espectadores enloquecen y saltan de las butacas alabando al hombre más veloz del mundo. Usain Bolt levanta instintivamente la mano izquierda hacia el cielo y dobla el codo derecho como si se preparara para disparar un arco, demuestra una vez más que él es el amo de los relámpagos.