La lucha feminista pareció hacerse presente en los inicios de esta campaña electoral tan eterna que llevamos viviendo en Bolivia. La corriente está fuerte a nivel continental y el país no podía quedarse atrás. Tampoco los candidatos lo pretendían y quien más quien menos hizo promesas genéricas, actos concretos, e incluso se organizaron marchas específicas para visibilizar el tema en fechas no tan apropiadas y con resultados divergentes. El otoño fue muy duro en cuanto a cifras de feminicidios.

La euforia inicial por la espacio abierto se fue diluyendo a medida que los analistas y estrategas fueron dando más peso en sus campañas a aquello que viene llamándose “la familia natural” y que algunos se han empeñado en enfrentarlo con la reivindicación de los derechos de la mujer.

La campaña era un buen momento para hablar ya no de violencia machista, que es algo que se suponía hacía coincidir a todos los candidatos, sino de todo eso que hace a las causas estructurales que lo soportan: conciliación de la vida familiar y laboral, panificación familiar, brecha salarial, discriminación positiva, etc.

Las intenciones iniciales eran ambiciosas, pero se acabaron también diluyendo en compromisos genéricos, apoyos al emprendedurismo, bonos, y cosas similares que no logran eliminar los problemas de fondo.

La campaña era un buen momento para hablar ya no de violencia machista, que es algo que se suponía hacía coincidir a todos los candidatos, sino de todo eso que hace a las causas estructurales que lo soportan

La cosa se puso peor cuando un candidato llegó a justificar la violencia ante un comportamiento poco femenino y su intención de voto empezó a crecer como la espuma. Desde entonces ya nadie más – salvo las candidatas mujeres que precisamente han llegado abanderando esas causas – han vuelto a tocar la agenda feminista.

Es cierto que este día en el país se usaba tradicionalmente para agasajos, florcitas y arrumacos, y que poco a poco se intenta convertir en una fecha reivindicativa tal cual es la del 8 de marzo. También es posible que por lo sensible del tema, pase desapercibido en el plano político y se convierta en un día social – familiar, lo cual sería en todo sentido un retroceso en el avance de la igualdad. Sea como sea, el día se festejara. Estamos en un momento crucial porque muchas cosas han empezado a cambiar, también ese sentimiento de bloque y unidad, de dejar de rivalizar y de cuestionar a la otra por lo que haga o deje de hacer.

El asunto de la igualdad es evidentemente político y la batalla debe darse en la Asamblea Plurinacional y en otros espacios con capacidad de decisión. Los datos siguen siendo escalofriantes en lo que se refiere a familias monomarentales, brecha salarial en el sector privado, contratación joven – o mejor dicho, en edad fértil -, subempleo, incumplimientos de derechos laborales, acoso, etc.

Se suponía, hasta que la campaña entró en la fase madura, que algo se había avanzado por el simple hecho de haber empezado a visibilizar los problemas que subsisten más allá de la feroz expresión de los feminicidios. Se suponía, y es tiempo de certezas.