De mujeres, luchas y demonios

Mujeres en marcha de protesta por violencia de género

¿En qué se parecen Paraguay y Polonia? A 11.228 kilómetros de distancia, los dos países comparten unas ideas muy parecidas respecto a los derechos humanos y sobre los de las mujeres en particular.

En Polonia desde el año pasado se intenta aprobar una ley (condenada incluso por el Parlamento Europeo) que prohíbe impartir o promover la educación sexual a menores de 18 años. En Paraguay, el Ministerio de Educación y Ciencias dictó hace dos años una resolución que prohibía la difusión y utilización de materiales referentes a lo que llaman “ideología de género”.

Si la ley polaca llegase a materializarse, eso significaría una total oscuridad para las menores de 18 años y su sana sexualidad, agravada además por la restrictiva ley de aborto polaca. Sin educación afectivo-sexual y sin derecho al aborto legal y seguro, muchas chicas podrían tener su juventud cortada antes de tiempo, como ya ha ocurrido en Paraguay.

En 2015, las autoridades paraguayas denegaron a una niña de 10 años el derecho a abortar tras haber sido violada, incluso sabiendo el tremendo riesgo que eso significaba para su salud. Si el gobierno obliga a una niña a continuar con su embarazo, ¿qué hará con las jóvenes embarazadas por falta de educación sexual?

Estos ataques a la educación en igualdad y a la salud sexual son el resultado final de un discurso de odio que afecta desproporcionadamente a mujeres y niñas. Y cuando el odio se convierte en políticas que violan los derechos humanos, mujeres de todo el mundo  alzan su voz para luchar por sus derechos.          

Hace poco más de dos años conocimos las palabras #MeToo. Este movimiento social para denunciar el acoso y la violencia sufrida por las mujeres se ha extendido de forma masiva, y aunque se originase en Estados Unidos, se ha convertido en una frase de reivindicación para las mujeres que luchan visibilizando el problema del acoso y la violencia sexual. En España, esta lucha se vió vigorizada por casos como el de La Manada que sacaron a las mujeres a la calle a mostrar su indignación y apoyar a las víctimas.

En Argentina, una marea de mujeres se levantó para luchar por el derecho a un aborto seguro: la marea verde. Su voz no dejó de escucharse, tan alto que llegó al mundo entero. Tampoco ha dejado de escucharse, traducido a múltiples lenguas, la famosa canción de protesta en Chile “El violador eres tú”, con la que las activistas reivindican la responsabilidad del agresor y rechazan culpabilizar a las víctimas de violencia sexual.

Cruzando el océano, en Sudán, las mujeres encabezan las protestas contra el fundamentalismo religioso que les prohíbe vestir como quieran y las obliga a la “obediencia de la esposa”, llamando a la gente a unirse con la palabra “Zagrouda”.

Si hablamos de mujeres con nombre propio, reconocemos el de Greta Thunberg, que por ser mujer y además adolescente, ha sufrido comentarios denigrantes y cuyo activismo contra el cambio climático han pretendido desacreditar voces muy poderosas.

Estas mujeres se encuentran expuestas a todo tipo de ataques a causa de sus luchas. Loujain al-Hathloul lleva detenida en Arabia Saudí desde 2018 por informar a las mujeres de sus derechos y animarlas a defenderlos. Fue acusada de intentar desestabilizar el país.

Las acusaciones de ir contra el Estado son comunes contra las defensoras como pretexto para detener su trabajo. En Irán, Nasrin Sotoudeh defendía el derecho de las mujeres a decidir libremente si llevar o no el velo o hijab, y por eso fue acusada de atentar contra la seguridad nacional. Su condena es de 38 años de cárcel y 148 latigazos.

Algunas mujeres están más expuestas por la discriminación añadida que sufren. Malak al Kashef es una joven trans de Egipto que fue detenida por organizar protestas pacíficas. Fue acusada de ayudar a una organización terrorista y estuvo detenida en un centro para hombres, con mayor riesgo de sufrir violencia sexual.

Y si participan activamente en la vida pública, la exposición al odio es mayor. En India, lideresas políticas sufren maltrato continuamente a través de Twitter, tanto por sus ideas como por su vida privada, de forma masiva y con impunidad.

Todos son ejemplos de demonización, una estrategia interesada de desinformación, retórica e ideológica, que en este caso quiere desprestigiar la lucha de las mujeres. Cuando las mujeres se ponen en pie, se las ataca de forma desmesurada: por sus ideas, por su aspecto, por su edad, por su identidad, por todo. Se exagera lo que hacen, se distorsiona y se intenta transformar en algo peligroso para la sociedad. Ya no defienden el derecho a vestir como quieran o a protestar pacíficamente, sino que atentan contra el Estado y participan del terrorismo. O si es una mujer joven, entonces es una niña histérica; o si protestan contra la violencia de género y sexual, son unas exageradas que odian a los hombres y quieren arruinarles la vida.

La demonización de las mujeres es una campaña de odio continuada. Es señalarlas como si fueran el demonio e intentar convencer a la gente para que las culpe de males inventados. La promueven los enemigos de los derechos, de la igualdad. Pretenden silenciar a las mujeres a base de atacarlas de forma masiva, cuestionar toda su persona, desde lo que visten hasta lo que dicen. Para las defensoras, su lucha por los derechos se convierte en una maratón, y si dejan de correr, el odio incansable gana. Su objetivo, al fin y al cabo, es ese: que se cansen y paren de luchar.

Pero las mujeres no se rinden. Siguen luchando y siguen ganando.

Este año 2020 ha tenido un gran comienzo para Irlanda del Norte, con la legalización del aborto y del matrimonio entre personas del mismo sexo. Antes, fueron meses combatiendo el odio, pero no se rindieron y finalmente ganaron la igualdad y los derechos. La ley de aborto no llegó a materializarse en Argentina, pero la marea verde continúa y el nuevo presidente del país ha prometido aprobarla. No hay vuelta atrás. Cuando las mujeres se ponen en pie, no hay vuelta atrás.