Cuando el fuego aprieta

Aunque parezca que no, algo se aprendió del incendio de 2017. La reacción ha sido rápida, y bastante más impecable en cuanto a pedidos concretos. Los voluntarios, los militares, los policías, y los servicios de emergencias sabían lo que tenían que hacer

Después de 40 días hablando a diario del incendio de la Chiquitanía, tanto por el desastre ambiental que supone como por el perfil político que de ese costal se desprende, la sensibilidad está a flor de piel. De ahí que todo lo que habla de fuego, llamas o Supertánker, se convierta en viral al instante.

En Tarija era cuestión de tiempo que algo así sucediera, principalmente porque la cordillera de Sama está cada vez más arrinconada y las urbanizaciones y casas proliferan a sus faldas, con todos los riesgos que eso supone para el ecosistema, de los que el fuego es solo uno más.

El incendio no ha terminado, los focos de calor están fuertes y los vientos también, y lo que toca es seguir colaborando con energía

También influye que cada vez somos más, que llegó el buen tiempo, que las familias salen al campo y que seguimos siendo tremendamente sucios al aire libre, dejando residuos y bolsas por todo lado. Y también, claro, porque la terquedad parece haberse instalado en ciertos sectores que o no quieren o no escuchan que ciertas prácticas hay que dejarlas de lado de una vez por todas. El chaqueo, la quema de basuras y otras irresponsabilidades similares son algunas de ellas.

La zona de San Andrés, Turumayo, La Victoria y más allá es de complicado acceso por la propia orografía de Sama y su voluptuosidad, es posible que se pueda organizar algún sistema de corta fuegos, abriendo sendas y dejando espacios libres, pero son costoso de mantener e inútiles si la gente sigue haciendo, básicamente, lo que le da la gana.

De momento son unas cien hectáreas quemadas y al menos cinco frentes preocupantes en todo el cerro, una situación que nunca está del todo controlada mientras no llueva y mientras siga soplando este viento del medio día tan nuestro.

Aunque parezca que no, algo se aprendió del incendio de 2017. La reacción ha sido rápida, mucho más rápida que entonces, y bastante más impecable en cuanto a pedidos concretos. Los voluntarios ya sabían más o menos lo que tenían que hacer y no se cruzaron héroes ni rambos; se pidió agua, se hicieron cadenas ágiles, se movilizaron los soldados del servicio militar de forma eficiente, se desplegaron ambulancias, primeros auxilios, refrigerios… un lujo en comparación con lo que se ha visto en la Chiquitanía. Incluido lo del Supertánker, con cuatro vuelos y ocho descargas más o menos efectivas, pero que sobre todo dan esa sensación de que nadie está solo en esta batalla.

Ha fallado, claro, lo del mando único. En estos tiempos electorales en lo que cualquier detalle se convierte en una lucha sin cuartel, no lo iba a ser menos un incendio amenazando la ciudad opositora por excelencia. Alcaldía y Gobernación coordinaron lo logístico, Gobierno coordinó con Policía y Supertánker. Hubiera sido bonito de otra manera, pero al menos no ha resultado contraproducente. Los voluntarios, y los militares, tienen muy claro de qué va el asunto y de quien quiere sacar ventaja en río revuelto.

El incendio no ha terminado, los focos de calor están fuertes y la propia Policía advierte que no hay capacidad de hacer un trabajo para refrescar posteriormente los lugares sobre los que se acaba de operar, por lo que en cualquier momento pueden reactivarse. A menos que llueva.