Crónicas de cuarentena: Todos los días son domingo

Cuarto día de cuarentena oficial, pero mi aislamiento empezó hace poco más de dos semanas. La gente se queja del aburrimiento, y las maravillas de nuestra era nos bombardean con entretenimiento infinito. Sin embargo, parece que no basta. Solo salí dos veces durante los primeros días. Cortas salidas para correr en la avenida. Ahora paso el día entre tareas y libros y películas; y tareas y libros y películas.

Estoy asqueado del tema. El nombre del virus me ha saturado hace meses y ahora parece reírse en mi cara. No hay medio informativo o red social que no rebose de titulares y memes que colman el ánimo de cualquiera. La gente está expuesta a un exceso de información que, sumado a la inactividad, pintan un escenario apocalíptico.

Siempre he disfrutado estar casa, metido en mi cuarto haciendo mis cosas, pero ahora, algo pasa. Hay momentos del día en los que la convivencia se vuelve difícil. Somos las mismas cuatro personas en la misma casa de todos los días, pero algo pasa, hay discusiones y malentendidos que simplemente surgen. La convivencia se ve afectada por la monotonía. Ahora, todos los días son domingo.

Hoy he vuelto a salir. Por primera vez hasta el centro luego de 15 días. Podría haberme quedado en casa hasta junio, no me molesta. Sin embargo, debía pagar la universidad, comprar cosas para mi familia y, esencialmente, conseguir chocolate.

Esperaba encontrarme con una ciudad medio muerta, una parecida a Macondo durante la peste o una Ciudad Gótica cercada por Bane. Pero, y para mi sorpresa, sí había movimiento; tanto como un domingo regular a la hora de la siesta.

Era una mañana gris y fría, cada cuadra del centro se encontraba con una o dos personas, algunas con barbijo y otras sin él. En la esquina de la plazuela estaba la habitual señora que vende fruta. En mi vida he comprado una sola manzana, pero esas frutas se veían especialmente buenas: grandes y coloridas.

Estaba con la cara destapada, después de todo, aún no hay barbijos. También debía buscar barbijos en mi salida, no estaba de más intentar conseguir alguno; pero en las dos farmacias que visité me dieron un ´´no« de rutina. En ellas, la gente mantenía la distancia, con miradas de inseguridad. Aun así, hay gente afuera que no muestra ni un atisbo de preocupación

´´Se vende Lysoform«, se lee en una tienda de electrónicos y videojuegos. Voy de vuelta a casa, pues ya he pagado la ´´U«, he hecho las compras y conseguido el chocolate. En el camino, me encuentro con un par de conocidos, nos damos un saludo a la distancia y cada uno sigue por su senda. Me fijo en las calles, mojadas por la llovizna y cubiertas por una pasta de hojas húmedas; parece haber menos basura, juraría que no vi ni una bolsa de karpil tirada y me digo: ´´qué atípico…«.

Pienso en llegar a casa, preguntándome cuántos más de estos extraños domingos diarios nos quedan; y en volver a esa rutina, monótona pero disfrutable: tareas, libros y películas.

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