Crisis política y nuevos liderazgos

En Bolivia se apunta a los años 2003 – 2005 como el periodo en el que colapsaron los partidos tradicionales tras la pérdida total de la confianza de los electores, lo que en buena medida facilitó los arrolladores triunfos del Movimiento Al Socialismo. Sin embargo, en 2019 se ha constatado que una buena parte de los protagonistas de entonces sigue en activo.
Carlos Mesa, Samuel Doria Medina, Jaime Paz, Víctor Hugo Cárdenas, Tuto Quiroga, Juan del Granado, Johnny Torres, y un sinfín de actores menores ya tuvieron su densa trayectoria política en el pasado, pero sin embargo es una generación que sigue siendo referencia de la oposición, aunque los analistas no se pongan de acuerdo si es porque el MAS no los ha dejado caer del todo o porque ellos no han dejado crecer otros liderazgos.
Esa misma generación se acaba de quedar entrampada en el escenario post electoral del 20 de octubre, donde las nuevas narrativas y las nuevas formas de hacer política entran en colisión evidente con lo establecido.


Ya en campaña, Mesa arguyó al “voto útil” contra Evo como principal baza, y lo cierto es que le funcionó bien, llevándose por delante a algunos que se presentaban como “los nuevo”, como Óscar Ortiz y Demócratas, aun aliándose con viejos lobos de mar como Óscar Montes en Tarija, pero la irrupción de Chi Hyun Chung con el Partido Demócrata Cristiano evidenció los anhelos políticos de la sociedad boliviana, que no son distintos a los de la mayoría de los países que nos rodean.
Chi entró hablando de cosas cotidianas y desde un punto de vista polémico. Y lo llenó todo de memes. Sumó su 10 por ciento y se convirtió en tercera fuerza. Era un outsider, un conservador radical, un “antiderechos” al que el establishment político no quiso confrontar y con el que el mediático no supo reaccionar, ni cuando lo hizo crecer ni cuando lo quiso acallar. Chi, en realidad, es un síntoma.
Al final de la campaña, en el cabildo, apareció Luis Fernando Camacho, clave en estos días. Un duro radical, orador mediano, guardián del cruceñismo más ortodoxo, descubierto fiel servidor de Dios en su deriva de los últimos días, ícono sexual y provocador. En pocos días convertido en fenómeno de redes y masas.
Camacho no atiende a razones políticas. Sus posiciones han ido evolucionando desde la desobediencia civil y la segunda vuelta hacia la anulación electoral primero y la caída del Gobierno después. Los viejos políticos creen que es un camino hacia el victimismo, una huida tensando la cuerda hasta que no se le pueda acompañar, para que en ese momento todo vuelva a la normalidad mientras crece un relato del incomprendido.
Unos pocos pensadores y estrategas que advierten de los riesgos de la deriva populista por la derecha, luego de que Morales haya recuperado sus esencias al grito de “cercar ciudades” tras años de viaje anodino al centro, plantean la necesidad de una salida por la vía de la participación y la democracia que canalice las aspiraciones de los movilizados sin caer en la frustración, por ejemplo, con un referéndum por iniciativa popular o bien por concentrar fuerzas en las subnacionales que configure otro modelo de país obligado a negociar y entenderse.
“El riesgo es que todo quede en nada. Que una gran parte de la población se sienta traicionada luego de haber agitado los viejos fantasmas del racismo y el clasismo, y hasta lo delincuencial. Esa gran parte de la población va a buscar otros liderazgos no necesariamente democráticos ni políticamente correctos.