Crear valor o extraerlo, ¿qué se enseña a los estudiantes?

Imagen referencial

Cada vez queda más establecido que la desigualdad excesiva termina siendo dañina para la economía. Y parece que entre los conocedores no hay mucha esperanza de que la tendencia de aumento de la desigualdad sea revertida pronto.

En una encuesta a más de 2.700 graduados de Escuela de Negocios de Harvard realizada en 2015, se reveló que éstos estaban más preocupados por la creciente desigualdad que nunca antes, consideran que ésta era una “seria amenaza” para EEUU y para las empresas, y que “son pesimistas sobre la posibilidad de que las empresas aumenten los estándares de vida mediante mejoras en los salarios y beneficios en el mediano plazo”.

En palabras de Lynn Parramore, Analista de Investigación del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico de Nueva York (INET, por su sigla en inglés), “no esperemos que las empresas estadounidenses resuelvan el problema de la desigualdad”. Y agrega que este pesimismo se da incluso después de que las escuelas de negocio hayan empezado a incluir temas de desigualdad en sus cursos.

“¿Por qué hay tan poca expectativa de que los graduados en negocios administren las empresas de manera diferente que sus predecesores a la luz de esta crisis de desigualdad? ¿Qué es lo que están aprendiendo o qué les está faltando aprender?”, pregunta.

La respuesta parece tenerla el profesor de economía y director del Centro de Competitividad Industrial de la Universidad de Massachusetts Lowell, William Lazonick, quien encuentra “algo en el núcleo de las enseñanzas de las escuelas de negocios que asegura que las empresas no les den a los trabajadores una parte justa”.

Lazonick observa que, desde la década de 1980, las escuelas de negocios atravesaron una transformación en su filosofía y orientación que reflejó los cambios en la disciplina económica y en la economía en general.

La “ideología del valor para el accionista”

En esa década, Wall Street despegaba y las empresas estadounidenses estaban “financiarizándose” de manera creciente, es decir que los ejecutivos empezaron a basar sus decisiones en base al objetivo de aumentar el valor de las acciones de la empresa.

Según explica Parramore, “cuando las empresas se financiarizan, los ejecutivos dejan de invertir en las capacidades productivas de los empleados, que es la base de la elevada calidad de vida norteamericana. También destinan menos recursos a la Investigación y Desarrollo (I+D), que es donde ocurre la innovación. En vez de ello, observan el mercado de valores, en gran parte porque sus propias ganancias se basaban cada vez más en el valor de las acciones de la empresa”.

Así, durante los 1980s, cada vez menos graduados entraban a trabajar a empresas industriales y se dirigían a Wall Street para ganar “dinero rápido”, afirma por su parte Lazonick. Y las escuelas de negocios empezaron a contratar docentes acordes con esta tendencia: economistas que favorecían teorías que priorizan el interés de los accionistas.

Como ejemplo de esto, Lazonick apunta que, en 1985, la Escuela de Negocios de Harvard contrató a Michael Jensen, pupilo de Milton Friedman en la Universidad de Chicago y coautor de la famosa “Teoría de la Empresa”, en la que argumenta que el único objetivo de una empresa debería ser maximizar los retornos de los accionistas, convirtiéndose en el proponente más visible de la llamada “ideología del valor para el accionista”.

Según Jensen y sus seguidores, esta teoría haría que los ejecutivos se enfoquen en el verdadero rendimiento de la empresa, mejorando así el valor de las acciones en el tiempo. Sin embargo, según nota Parramore, los ejecutivos se enfocaron la “meta cortoplacista de aumentar el valor de las acciones descuidando las perspectivas de largo plazo, mientras las ganancias de esos ejecutivos se disparaban a la estratósfera”.

“La idea más tonta del mundo”

El expresidente y CEO de la mundialmente famosa empresa General Electric, Jack Welch, ha tildado a esta teoría y a la ideología del valor para el accionista como “la idea más tonta del mundo”, y la considera como un “disparate” salvo en algunos casos específicos, como cuando una empresa va a ser vendida.

Y es que, antes de 1980, en las escuelas de negocio se enseñaba que los ejecutivos de empresas tenían responsabilidad con muchos actores, como los clientes, empleados, proveedores, etc. Pero “durante las últimas décadas, a los estudiantes se les enseña cómo extraer la riqueza de estos constituyentes para llenar los bolsillos de los ejecutivos”, agrega Lazonick.

Según Welch, esa no es una buena manera de dirigir una empresa. “El valor de las acciones en un resultado, no una estrategia. Como ejecutivos, te debes principalmente a tus empleados, a tus clientes y a tus productos. Los gerentes e inversionistas no deben poner el aumento del precio de las acciones como su objetivo fundamental. Las ganancias de corto plazo tienen que estar alineadas con el incremento del valor de la empresa en el largo plazo”, explica el veterano empresario.

Vale remarcar que Welch dirigió General Electric entre 1981 y 2001, periodo durante el cual el valor de la empresa creció en 4.000%.

Para Lazonick, las empresas necesitan retener las ganancias para reinvertirlas en las capacidades productivas de los trabajadores. Lo contrario a la ideología de despedir trabajadores para reducir costos y transferir el dinero a los accionistas. “Esa es la manera de llegar a una economía con mayor seguridad laboral, innovación más emocionante, mayor igualdad y prosperidad para todos”, sentencia.