Convento Franciscano: un paseo por la cultura religiosa tarijeña

Visitar el Centro Eclesial de Documentación del Convento de San Francisco es adentrarse en las distintas expresiones culturales y artísticas recopiladas por los religiosos durante sus más de 400 años de existencia. Su entrada, ubicada en la calle Colón y La Madrid, conduce al visitante primero a la Sala de Exposición Arqueológica “Padre Anselmo Andreotti” y posteriormente al Museo “Fray Francisco Miguel Pari”.

Por intereses culturales y más para compartir los proyectos de la comunidad de Omereque, el padre Anselmo Andreotti, (franciscano, nacido el 17-6-25 en Rabbi, Trento) se preocupó de formar la colección arqueológica entre 1967 y 1980, donada después al Centro Eclesial de Documentación.

Las piezas
El 80 por ciento de las piezas son originarias del subsuelo de Omereque. El haber encontrado una selección tan diversificada y amplia de Bolivia se debe a las características territoriales de la misma comunidad. Trazada en una línea de aguas, (río Omereque, río Mizque y río Grande) era punto de comercio para las poblaciones de los valles centrales, desde Chuquisaca, Potosí y Cochabamba.

Al ingreso de la sala, el visitante se tropieza con la primera vitrina que contiene vestigios del momento formativo de la cultura tiwanacota, la civilización aymara en el altiplano boliviano. En este estante se pueden observar imágenes de la Pachamama, la serpiente andina, cabezas de llama esculpidas, lascas, flechas y hachas.

Tras dar unos pasos más allá se encuentra una segunda vitrina que corresponde a la ciudad –estado tiwanacota que se desarrolló alrededor del año 800 de nuestra era. En este espacio se observan trabajos de cerámica que representan por ejemplo al titi (gato grande), al mallcu (cóndor), vasijas y diversos elementos de la vida cotidiana.

La tercera vitrina corresponde al Tiwanacu expansivo, entre el año 900 y 1200. En este lugar ya se encuentran elementos más elaborados como kerus (vasos), pucus (platos) y utensilios de cocina. Algunos de los recipientes están adornados con coloridas figuras geométricas, además de otros objetos de prestigio social.

Las vitrinas 4 y 5 exponen las expresiones plásticas de las culturas Mojocoya (500 – 1000), y Omereque (600 – 1000). Vasijas, platos grandes, cántaros, decorados de manera polícroma con imágenes simbólicas, además de vestigios de textiles, ruecas y agujas.

El sexto estante está dedicado a la cultura Yampara, que de igual manera muestra cerámica más elaborada cubierta de una variedad de colores intensos con piezas de dimensiones relativamente grandes y con el uso de figuras zoomorfas y antropomorfas.
Finalmente, la última vitrina está dedicada a la cerámica Arawak, Lapaya-Inca, Ciaco, Yura, Uruquillas y Tomatas.

Respecto a los restos de cerámica Arawak -contemporánea de la tiwanacota- sus expresiones se caracterizan por la falta de decoración en colores; la Uriquilla muestra interesantes juegos geométricos (vivieron entre Chuquisaca y Tarija).

Las expresiones de la cultura Ciaco se caracterizan también por el predominio del color amarillo en sus cerámicas.

La biblioteca conventua

El museo
Posteriormente, el visitante ingresa al museo franciscano que lleva el nombre del sacerdote “Francisco Miguel Marí” y que fue preparado por el padre Gerardo Maldini. Este último reunió las piezas que se exhiben, la planta baja y alta mantienen su configuración original aunque con un diferente ordenamiento. La arquitectura general de los ambientes es originaria del año 1783.

En la sala 1, que correspondía a la procuraduría de las misiones, se muestran tejidos y enseres de viaje hasta antes de la aparición novedosa del camión, allí se muestran estribos, monturas y arreos. Un objeto de particular interés es el “contador de pasos” (forma de reloj) que, aplicado a la pierna del caballo servía para medir distancias.

También hay petacas y cueros, que se usaban para el traslado de las cosas y para dormir, dado el caso también bajo un árbol al ser sorprendidos por la noche.

Los tejidos son obra de las escolares de Macharetí (1888) y Santa Rosa (1928). El primer tejido fue elaborado tan sólo a los veinte años de experiencia reduccional. Posee colores fuertes de zonas cálidas. Los otros son el reflejo de la tradición potosina con flores y dibujos geométricos.

La sala 2 corresponde a lo que era una celda franciscana tradicional. Un documento del P. Manuel Mingo de 1775 registra las pocas cosas de la celda franciscana: la cama, la mesa de trabajo y, a veces, algún cuadro o escultura de devoción personal. En el nicho del frente está una imagen de la Inmaculada (siglo XVIII). Lo poco que había expresaba lo grande de su compromiso de vida en el lugar, éste era un espacio de estudio, de vida íntima, de soledad y de austeridad franciscana.

En la sala 3 se expone la simbología religiosa y litúrgica. En la pared izquierda están los testimonios de una tierra sufrida. Dos mapas: uno de la ciudad de Jerusalén (1851) y el otro de la iglesia del Santo Sepulcro (¿1851?). Este último lleva el símbolo de Tierra Santa, que se repite en el mueble y, más bellamente, en la petaca. Se trata de una cruz esparcida en los cuatro puntos cardenales, como concepto de redención universal.

La sala 4 en 1783 era la enfermería donde se encuentra la botica, allí se puede observar un mueble del siglo XVIII, precioso en su iconografía e imágenes, que explicitan detalles de las hierbas, origen de ellas y su poder de curación. La coca es representada por una llama, cargada de bultos, que baja desde Uyuni (caminos de la sal) hacia Tarija.

En la botica se aprecia una mesa, una urna y unos asientos llamados “fraileros”. La mesa servía para reuniones del Discretorio conventual, que estaba compuesto por cuatro religiosos, más el Padre Guardián y el Secretario. Los tallados de la urna y de los “fraileros” reproducen un lenguaje naturalista, herencia del universo originario de estas tierras.

En tanto que en la sala 5 se encuentra la imprenta, los medios de escritura y fotografía del convento de San Francisco de Tarija. La sala reconstruye una secuencia gráfica, organizada a partir de la primera década de 1900.

Sabemos del semanario “El Antoniano”, iniciado el primero de mayo de 1896, terminó sus días como decano de la prensa nacional el 23 de enero de 1953. Se editó primeramente en la tipografía “El Trabajo”. Desde 1903 se instituyó la “Tipografía Antoniana”, que se ubicó en un cuarto alquilado de la casa Seifert al lado del templo.

En 1909, sus oficinas se trasladaron a los ambientes conventuales de la calle “La Madrid”. Otra fatiga editorial fue la “Hoja Dominical”, pionera en sus propósitos litúrgicos y pastorales, iniciada en 1938, aún subsiste. La imprenta llegó de Alemania en 1909.

El trayecto desde Buenos Aires hasta Villazón se lo hizo en tren; y en Villazón la recogió el padre Piccardo, que la desmontó y, por piezas separadas, la trajo al convento a lomo de mula.

Finalmente en la Sala 6 se encuentran los ornamentos litúrgicos que constituyen la indumentaria usada en los ritos que cubren los misterios de la fe. Sin éstos, queda incomprensible el conjunto arquitectónico y la vida conventual. Los inventarios siempre anotaban la cantidad y preciosidad de los ornamentos.

Su uso cotidiano y la precariedad de los materiales, requería seguidas provisiones de ellos. Los de la exposición son anteriores a la reforma litúrgica del Vaticano II.

Apuntes sobre los tesoros del museo

Exposición arqueológica
El padre Anselmo Andreotti se preocupó de formar la colección arqueológica que después fue donada al Centro Eclesial de Documentación. El 80 por ciento de las piezas es originario del subsuelo de Omereque.

La Imprenta
En la sala 5 se encuentra la imprenta, los medios de escritura y fotográficos del convento de San Francisco de Tarija. La sala reconstruye una secuencia gráfica, organizada a partir de la primera década de 1900.

Ornamentos litúrgicos
En la Sala 6 se encuentran los ornamentos litúrgicos, que son la indumentaria usada en los ritos que cubren los misterios de la fe. Sin éstos, queda incomprensible el conjunto arquitectónico y la vida conventual.

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