Contra el coronavirus: Pruebas, pruebas, pruebas y más pruebas

El Gobierno pecó de falta de previsión y se dotó de 2.500 pruebas para una población de 11 millones de bolivianos con alto trasiego turístico y un deficiente sistema de salud, seguimos esperando el resto en momento de alta demanda mundial

Ahora sí, se han cumplido las tres semanas con el virus circulando dentro del país, y lo que se ve en el horizonte no es para nada alentador. El Gobierno parece dispuesto a derrotar al virus con policía en la calle – cada vez menos eficiente – y con subsidios, decretos y leyes que más parecen estar aderezados en la intestina batalla electoral que todavía se libra en el país que en lo realmente sustancial.

Para derrotar al virus hace falta una estrategia médica, algo que va más allá de crear “hospitales centinela” – que se ha confirmado como un señuelo absurdo para no enervar a la población “vecina” y que lo único que acelera es el camino a la muerte de los pacientes – e incluso más allá de comprar respiradores y armar salas de terapia a toda velocidad.

La estrategia no hay que inventarla, porque la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) la ha reiterado en infinidad de ocasiones: pruebas, pruebas, pruebas y más pruebas. Más allá de que las pruebas rápidas no tengan el aval de la organización, la mayor parte de los países las han adquirido precisamente para hacer un triaje lo más urgente posible.

En cualquier caso, lo fundamental son las pruebas oficiales que son las que dan consistencia al diagnóstico y no solo por adelantar los tratamientos, sino por garantizar los aislamientos adecuados para una enfermedad que un altísimo porcentaje salta de cuerpo en cuerpo sin que la mayor parte evidencie los síntomas.

Lo fundamental son las pruebas oficiales que son las que dan consistencia al diagnóstico y no solo por adelantar los tratamientos, sino por garantizar los aislamientos adecuados

En ese panorama, que fue de lo primero que se aprendió en China y luego fue aplicado magistralmente en Corea en febrero, el Gobierno pecó de imprudente o de falta de previsión y se dotó de 2.500 pruebas para una población de 11 millones de bolivianos con alto trasiego turístico y un deficiente sistema de salud.

El ministro de Salud, Aníbal Cruz, señaló al inicio de la crisis, el 11 de marzo, que se esperaban reactivos para otras 7.500 pruebas, lo que reiteró el 24 de marzo. Nunca se ha informado de su arribo, pero la semana pasada se prometieron otras 20.000 de las que aun nada se sabe.

El problema de las pruebas es evidente, entre contagiados y descartados, en “almacenes” deben quedar algo más de 1.500 pruebas, pero sólo el paciente de Tarija ha tenido contacto directo con 46, cuya única solución es guardar cuarentena estricta y esperar que pase… Si los 100 confirmados tuvieron una actividad similar – algunos celebraron grandes fiestas y matrimonios – el número se hace imposible.

El Gobierno debe resolver este problema, pero por el momento ha optado por silenciar; después por arengar a la unidad; después por culpar al pasado, y últimamente por mezclar las cosas diciendo que los Gobiernos Departamentales y Municipales también tienen capacidad de compra.

La pandemia ha eclosionado en Bolivia un poco después que en toda América y cuando no se ha calmado en Europa: Brasil, Estados Unidos, España, Francia y todos los demás están comprando pruebas por millones en un negocio unilateral y privado que precisamente se está llevando la industria química china.

Sin capacidad de negociación por volumen y sin amigos internacionales que puedan mediar en la compra, al Gobierno de Bolivia le quedan pocas más opciones que buscar ventanas de solidaridad entre la OMS y la ONU para garantizar que la estrategia recomendada también se puede utilizar en países pobres… Es urgente el despliegue, es urgente conseguir más pruebas.