Ante la poca presteza de los candidatos opositores a explicitar sus propuestas electorales, el Gobierno parece haber tomado nota de lo presentado por sus rivales y no duda de confrontarlos por anticipado, lo que supone en sí mismo una relación sui géneris entre candidatos y una surrealista forma de sostener la iniciativa política: hablando de las iniciativas de los demás.

El 6 de agosto fue el vicepresidente Álvaro García Linera quien alertó de un supuesto plan para acabar con el “Estado extractivista en diez años”, lo que a su juicio generaría problemas en diferentes sectores que se dedican precisamente al rubro minero y petrolero.

Ayer fue el Presidente Evo Morales, en pleno día de Homenaje a las Fuerzas Armadas, quien sacó a colación otra supuesta propuesta de los partidos opositores: la de acabar con el servicio militar obligatorio.

En términos crudos, los pobres hacen servicio y los mejor colocados hacen premilitar, y ojo, eso dando por hecho que se ha logrado acabar con el mercado negro de las cartillas militares.

La propuesta lleva tiempo circulando en diferentes círculos de pensamiento progresista, aunque es mucho más moderada que la que en su momento se barajó por otro reducido grupo de pensadores, de eliminar las Fuerzas Armadas en el país luego de haberse declarado Estado pacifista.

Evidentemente aquello no llegó a nada, porque en el mundo solo hay un ejemplo vigente: Costa Rica. El país de la “pura vida” renunció a tener un ejército en 1948, luego de su guerra civil, y aunque sus indicadores son excelentes: es el país más desarrollado de Centroamérica en parte gracias a la inversión liberada por el no mantenimiento del ejército y al trabajo que realizan las fuerzas especiales de seguridad pública y control de fronteras; el secreto de su éxito es una alineación total a los postulados estadounidenses, que ejerce de protector en la sombra.

El debate del servicio militar obligatorio se enmarca sin embargo en otro plano y que ayuda de hecho a los postulados más filosóficos sobre lo que significa el servicio a la Patria, y lo que no. De inicio, el actual servicio militar obligatorio es desigual para los adolescentes, generando de entrada una tara social y una brecha que parecería intolerable desde un punto de vista de la equidad. Porque sí, no es lo mismo un servicio militar obligatorio de año corrido en los cuarteles que el servicio premilitar que realizan los bachilleres un día del fin de semana y algunos periodos vacacionales.

Claro que para algunos es vocacional, pero la diferencia efectivamente tiene más que ver con la igualdad de oportunidades de unos y de otros. En términos crudos, los pobres hacen servicio y los mejor colocados hacen premilitar, y ojo, eso dando por hecho que se ha logrado acabar con el mercado negro de las cartillas militares.

Es curioso que sea precisamente el MAS quien vete de entrada una propuesta que tal vez no pasaría de lo electoral, pero que tiene base para la discusión, aunque ningún partido de la oposición lo haya planteado abiertamente.

Profesionalizar el cuerpo militar, por un lado, y garantizar que los jóvenes pueden cumplir con sus estudios – otra forma de servir a la Patria – para después discutir de qué forma hombres y mujeres pueden aportar a un país con tantas necesidades aún sin cubrir, más allá de aprender a portar un arma, es sin duda un debate interesante por abrir.


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