Bolivia, la Democracia y el espectáculo

El problema de que Bolivia entera  esté sometida al Gobierno y sus designios no responde solo a las ambiciones de Morales, sino a las incapacidades de la oposición, que han concedido año sí y año también fabulosas mayorías absolutísimas

La semana pasada, cuando se cumplió el ritual de la inscripción de candidaturas en el Tribunal Supremo Electoral, con toda su parafernalia y plasticidad, sus formas retro – por no decir obsoletas – y sus chicanas, ya advertimos de algunos de los males que vienen acechando a nuestra “Vieja y masculina democracia” no solo en Bolivia y ni siquiera en el continente, sino prácticamente en todo el mundo.

La mitad de los jóvenes latinoamericanos, según el último Latinobarómetro, no ven tan relevante el valor objetivo de la democracia, mientras que cualquier otro sistema garantice el bienestar económico y la seguridad física. Es decir, vivir bien y tranquilo es mucho más importante ya para los jóvenes que elegir a sus autoridades, autoridades en las que, por otro lado, no creen ni esperan nada extraordinario.

Ni el pragmatismo de la nueva generación líquida, ni el dogmatismo de la vieja guardia. Es tiempo de la sobriedad y la propuesta, y del cálculo frío, no del espectáculo. Es demasiado lo que está en juego.

La situación no es diferente en Bolivia, donde la mitad del padrón es menor de 35 años y apenas recuerdan qué había antes de Evo Morales, pues han crecido en la Bolivia del MAS, donde se cuentan leyendas de movilizaciones y altercados, pero que ha pasado a ser extraordinariamente estable tanto social como económicamente e un sistema netamente capitalista, donde “la plata” se ha convertido en el centro de todas las decisiones: se va a la escuela por la plata del Juancito Pinto, se gestionan dobles aguinaldos con plata ajena, se permite perforar la Madre Tierra en sus lugares más admirables por plata, etc.

La política es el ejercicio del poder, y el poder de Evo Morales y el MAS se forjó primero en las calles, pero después se ha forjado en las ánforas. El Gobierno no maneja a su antojo todos los poderes del Estado por decisión divina sino por la década larga en la que la oposición ha desaparecido entre sus propias miserias internas, incapaz de generar un proyecto de Estado alternativo y tan siquiera de apropiarse dignamente de las banderas que el MAS, en su mutación hacia un partido tradicional, vertical y neoliberal, ha ido perdiendo. Morales, como Trump, Sánchez, Macri, Xi Jiping, etc., aspiran a dominarlo todo y todos los órganos de cualquier Estado son definidos por la política: El Tribunal Supremo – vitalicio para más datos – de Estados Unidos es el más claro ejemplo y sobre el que nadie se rasga las vestiduras ni pone en cuestión su sumisión.

El problema de que Bolivia entera – salvo unos pocos gobiernos departamentales, que sufren de lo lindo los embates de los supuestos aliados – esté sometida al Gobierno y sus designios no responde solo a las ambiciones de Morales, sino a las incapacidades de la oposición, que han concedido año sí y año también fabulosas mayorías absolutísimas que sirven, obviamente, para designar Fiscales o elegir candidatos al TSE y al TCP entre otras cosas.

Los Gobiernos se ganan y se pierden en las urnas, pero la democracia se protege en las calles, en el día a día, en los colegios, en las familias. Las posiciones deben ser firmes y nadie puede caer en la trampa de la provocación. Ni el pragmatismo de la nueva generación líquida, ni el dogmatismo de la vieja guardia. Es tiempo de la sobriedad y la propuesta, y del cálculo frío, no del espectáculo. Es demasiado lo que está en juego.