BoA, una cuestión de soberanía nacional

Una desafortunada seguidilla de incidentes, que no llegaron a leves pese a la alarma social, han puesto en alerta a las autoridades; el propio Evo Morales reconoció un problema estructural y actuó de inmediato como se debe, disponiendo fondos y no palabras.

Ha pasado más de una década desde la fundación de la aerolínea nacional, y más allá de coyunturales esfuerzos de desacreditación, la marca se ha consolidado como un emblema del país, pero sobre todo, ha cumplido con los objetivos que se propuso en inicio. Es normal, por tanto, que a estas alturas necesite nuevos desafíos, y por ende, nuevas inversiones.

Desde el día de su fundación, este diario, que entonces le dedicó un extenso editorial, ha venido advirtiendo de la fundamental misión que afrontaba la aerolínea muy por encima de sus propios objetivos comerciales.

La integración de este país inmenso, con carreteras más que deficientes entonces (y algo menos ahora), era pues una necesidad imperiosa para una Bolivia que había apostado por reconocerse y recuperar la dignidad nacional. Atrás había quedado un Lloyd Aéreo Boliviano rehén de una capitalización abusiva y contranatural; y estaba por quedar Aerosur, que ya para entonces ejercía un dominio tiránico de los aeropuertos y las voluntades de sus pasajeros desde su posición de monopolio y ya había dado muestras de una discrecionalidad en el manejo de los aportes tributarios que lo ponía al borde del abismo.

El crecimiento de la compañía ha coincidido con el crecimiento económico del país, mientras que los precios se han sostenido por debajo de la inflación. El resultado es una mayor población usuaria. Volar hoy puede ser más o menos caro, antes era simplemente inaccesible para el 90%

BoA nació con ganas de hacer las cosas bien en un Gobierno todavía voluntarioso con el dogma nacional y que pronto se puso entre ceja y ceja la ampliación de la infraestructura aeronáutica, incluyendo la nacionalización de Sabsa, para permitir la llegada aérea hasta los más recónditos lugares del país. Es posible que se hayan cometido algunos excesos de cálculo, pero que Boa pueda aterrizar en lugares tan turísticos como Copacabana, Monteagudo y Uyuni o con tanta potencialidad económica como Yacuiba o Chimoré es un esfuerzo necesario de cualquier Estado que se quiera lo suficiente.

El otro reto era el de popularizar el uso del avión, una circunstancia que avalan los propios datos de la compañía. El crecimiento de la compañía ha coincidido con el crecimiento económico del país, mientras que los precios se han sostenido por debajo de la inflación. El resultado es una mayor población usuaria. Volar hoy puede ser más o menos caro, antes era simplemente inaccesible para el 90%.

Tarija es un buen ejemplo de esto, a pesar de ser uno de los pocos aeropuertos que no ha disfrutado de una remodelación al nivel de la ciudad. El número de vuelos y la regularización de un vuelo “nochero” ha permitido al fin conectarnos con el país en condiciones competitivas.

BoA ha quemado etapas rápidamente, internacionalizando su participación y multiplicando los vuelos y conexiones en el país. La empresa tiene un excelente plantel administrativo que sin embargo tal vez hayan servido más al país que a la empresa, cuando en realidad necesitaba introducir lógicas de empresa privada antes, pero que han sido limitadas por la coyuntura económica nacional en los últimos años.

En cualquier caso, lo bueno es darse cuenta a tiempo y reaccionar rápido. Una desafortunada seguidilla de incidentes, que no llegaron a leves pese a la alarma social, han puesto en alerta a las autoridades; el propio Evo Morales reconoció un problema estructural y actuó de inmediato como se debe, disponiendo fondos y no palabras.

BoA puede ahora modernizarse para competir. Los tres decretos firmados por el Presidente así lo disponen. Es tiempo de volar alto, porque la misión sigue siendo más fundamental que nunca.

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