6 de agosto: Desafíos de las palancas

El papel del Estado como dinamizador de la economía ha permitido un crecimiento ortodoxo en el país, pero los grandes desafíos y apuestas, como la industrialización o las alternativas marítimas, han recibido impulsos tímidos

Se acerca el Bicentenario, y como cada 6 de agosto, resulta un buen momento para reflexionar sobre el Estado y sus desafíos, así como para evaluar las cosas que hemos logrado y también las que no hemos logrado. Son 194 años de caminar en libertad, pero no hay duda de que en ese largo periodo también se han cometido errores grosos a la hora de planificar el desarrollo e impulsarlo desde los poderes públicos que nos han relegado como país.

El año pasado para estas fechas había expectativa con el asunto marítimo. Ya se tenía fecha para conocer el dictamen: 1 de octubre, y la campaña interna había sido tan desmedida que la confianza estaba desatada. Pocos eran los que dudaban de que en esa ocasión sí se lograría el objetivo, que no era un pedazo de mar, sino la instrucción de la Corte Internacional de Justicia de sentarse a negociar con Chile hasta que hubiera un resultado.

Nada  de eso se logró, el Tribunal falló a favor de Chile y más allá de algunas referencias al diálogo en la parte argumentativa, el país vio cómo se cerraba la puerta de la esperanza más consistente de las últimas décadas.

Las reacciones se dieron en dos direcciones. Mientras unos decidieron apostar por negar a Chile y al propio Tribunal de Justicia hablando de corrupción e incluso reinterpretando el fallo, otros decidieron apostar por lo propositivo, haciendo planes por Ilo y por la hidrovía Paraguay – Paraná para acceder al Atlántico.

El capital nunca ha sido muy nacionalista, y mientras no se garanticen los mismos márgenes de negocio, el capital va a optar por lo conocido, y es el Estado el que debe incentivar precisamente las alternativas.

Pronto se cumplirá un año de aquella derrota, pero lo cierto es que las alternativas a los puertos chilenos han avanzado poco y, por tanto, las mercaderías siguen saliendo fundamentalmente por esos puertos, pagando los correspondientes tributos – aun con las exenciones previstas en el Tratado de 1904 – y recibiendo los tratos particulares, muchas veces muy poco satisfactorios.

El tema del mar y su reacción sirve como ejemplo para reflexionar sobre nuestras fallas. El capital nunca ha sido muy nacionalista, y mientras no se garanticen los mismos márgenes de negocio, el capital va a optar por lo conocido, y es el Estado el que debe incentivar precisamente las alternativas. Así ha sido siempre incluso en los países que hoy se presentan como paladines de la ortodoxia liberal, como recuerda Marcelo Gullo en su libro “La insubordinación fundante”.

La falta de consecuencia con el discurso se evidencia también en el sector de hidrocarburos; la nacionalización era la palanca, pero después había que invertir en desarrollar la soberanía científica y tecnológica y no en canchas de fútbol. Después de tantos años, seguimos dependiendo de la voluntad extranjera para explorar y encontrar nuevas reservas y la industrialización ha pasado a ser una quimera mientras se da luz verde al fracking y a la exploración en áreas protegidas.

Tampoco acaba de quedar claro cuáles van a ser los mecanismos que aseguren un buen negocio del litio para Bolivia y tampoco cuáles son las ganancias para el Estado del negocio del etanol, comprando a precios superiores a los del mercado internacional.

Con mucha probabilidad, los años que llevamos del siglo XXI están siendo mejores que los anteriores siglos de libertad, pero eso no quita que no se deba reflexionar y señalar los puntos donde no se han hecho los esfuerzos necesarios, por flojera o por lentitud. Que el 6 de Agosto sirva para reverdecer los compromisos y actuar.

¡Viva Bolivia!

 


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