Y de repente, Evo no es candidato

Quedan 16 meses para elecciones y la foto en la oposición es indecorosa. Varios medios han jugado a poner a todos los aspirantes a candidatos en 2019 en la misma fotografía y, para el caso, no dista absolutamente nada de la que en 2014 hizo aguas.

Samuel Doria Medina y su aparato cementero, Carlos Mesa y la falsa nostalgia global, Rubén Costas y el imposible del oriente, que tiene mucha liquidez para seguir campando entre los primeros, Tuto Quiroga y su representación eterna del neoliberalismo y Luis Revilla como representante de una izquierda socialista a la europea a la que no le quedan espacios para pelear el poder. La foto es fija y perdedora.

De repente un domingo cualquiera, con el sol brillando en lo alto y un calor sobrenatural de los que antecede un frío de los que nos va a hacer suceder, Evo alista su viaje al Mundial y sus mensajes empiezan a encender posibilidades alternativas.

¿Por qué el Evo insiste en ser candidato? Morales ha gobernado quince años a placer, casi sin oposición a partir de la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado. Sin discurso alternativo una vez que las regiones fueron subsumidas por el poder del Gobierno Central, la oposición debería haberse renovado. El MAS no solo ha ostentado el poder, sino que lo ha ejercido y hasta el momento ha devorado a todo aquel que ha osado a mostrarse diferente o con opciones.

El 21 de Febrero de 2016 el MAS perdió su primera elección en lustros, una elección demasiado importante como planteare en los términos en que se planteó y una elección que marcó un punto de inflexión en el país. Morales había dejado de ser la máquina de ganar para convertirse en un presidente en despedida.

El partido había empezado a desmoronarse antes del propio acto eleccionario. Las luchas intestinas y definitivas han marcado desde hace años el día al día de un Instrumento Político que nació como una comunión de intereses coyunturales y derivó hacia un partido de estructura vertical y tradicional. Morales había pregonado que se iría calladito y que no daría “golpe de Estado”. La guerra por la sucesión se dio por iniciada esa misma noche, antes de que García Linera hiciera aquella extraña conferencia de prensa en la que “confiaba” en que los votos de las comunidades rurales le diera la vuelta a la derrota inminente. No la dio.

El efecto inmediato, además de cerrar filas dentro del Movimiento Al Socialismo, ha sido la balcanización de la oposición. Ninguna lección se extrajo de los pobres resultados de la elección de 2014, más al contrario, todos intuyeron que esta vez sí Morales era vencible.
La posibilidad de ser candidato fue apuntalada por un Tribunal Constitucional funcional que eliminó la limitación de mandatos, práctica habitual en la inmensa mayoría de países de occidente. La respuesta de la oposición fue seguir aún más dividida.

A la fecha, con el porcentaje de aprobación de Morales en caída libre, aunque siga manteniendo índices por encima de 50 por ciento, la oposición se reafirma en su no estrategia. Apenas queda tiempo para construir un relato de país diferente al que el MAS ha consolidado en tres legislaturas, apenas para presentar un candidato ganador. Sin embargo, Morales y el Movimiento al Socialismo tienen todo el campo abonado para que el líder máximo dé un paso al costado, cargue con su sucesor y lo llevé hasta ganador la línea de meta, eliminando de plano cualquier vestigio de presión internacional o cuestionamientos al respeto a la democracia.

La oposición no está preparada para ese momento y, sin embargo, los votantes del MAS lo están cada vez más. También los indecisos (30%) que al final serán quienes den la victoria.