La camiseta de tirantes

Patricia estaba merendando tranquilamente. Era una fría tarde de invierno, de esas en las que no apetece jugar en la calle. Patricia estaba terminando su delicioso batido de frutas cuando alguien llamó al timbre. Era tío Leo.

-Tío Leo, ya has vuelto -dijo Patricia mientras se levantaba para darle un abrazo a su tío favorito.
-En efecto, he vuelto -dijo tío Leo.
-He venido a traerte un regalo muy especial.
-¡Qué ilusión! -dijo Patricia-. ¿Qué es?
-Como sabrás, he estado en la playa unos días tomando el sol -dijo tío Leo.
-Pero en invierno no se puede tomar el sol, tío Leo, ni siquiera en la playa -dijo Patricia.
-Eso depende de a dónde vayas -dijo tío Leo-. Yo he estado en las Islas Canarias. Cuando seas mayor te llevaré. De momento te he comprado esta preciosa camiseta de tirantes que vi en un chiringuito de la playa. En cuanto la vi me acordé de ti. Te quedará fenomenal este verano.

-Gracias, tío Leo.
Patricia estaba deseando estrenar su camiseta de tirantes y enseñársela a sus amigas. Pero mamá le dijo que todavía hacía mucho frío. Pero como Patricia estaba empeñada en enseñarla ideó un plan para salirse con la suya.
Al día siguiente, Patricia se puso la camiseta de tirantes debajo de la ropa antes de ir al colegio. Nadie en casa se dio cuenta.

Al llegar al colegio Patricia no dijo nada a nadie para darles una sorpresa en el recreo. Cuando todos sus compañeros salieron al patio, Patricia se quedó en clase, se quitó el jersey y salió en tirantes para lucir su preciosa camiseta traída de las Islas Canarias.
-¡Qué bonita tu camiseta, Patricia! -le decían.
-¿A que sí? -presumía Patricia.
-Te vas a quedar fría, Patri -le dijo su amiga Luna-. Deberías ponerte algo encima.
-No seas aguafiestas -le respondió Patricia.
Patricia se paseó en tirantes por el patio, luciendo la camiseta. Al principio estaba tan emocionada que no se dio cuenta del frío que hacía, pero después de un rato empezó a tiritar.

Todos los que antes habían admirado la camiseta de Patricia empezaron a reírse de ella. La niña fue corriendo a clase para ponerse el abrigo, pero la puerta estaba cerrada con llave y no se podía entrar.

Al darse la vuelta, Patricia vio a Luna.
-Toma, te presto mi abrigo -dijo Luna-. Yo tengo un jersey grueso y una camiseta térmica. Si nos quedamos aquí no tendremos frío.
Gracias -dijo Patricia-. Debí hacerte caso antes. Tú sí que eres una buena amiga.
-Sí, bueno, menos mal que tu tío no te regaló un bikini, porque entonces….
Las dos amigas se rieron juntas de la broma, pero eso no libró a Patricia de lo que le esperaba.

Patricia se pasó casi una semana en casa debido al resfriado que pescó gracias a su paseo en tirantes. Menos mal que su amiga Luna iba a verla cada tarde para hacerle compañía. Así es como Patricia aprendió que las buenas amigas no son las que más te halagan, sino las que están ahí, pase lo que pase, incluso cuando te portas como una tonta engreída. Patricia también decidió que, a partir de entonces sería más discreta y menos presumida porque de nada sirven las adulaciones si, cuando necesitas ayuda, los que te halagaron se ríen de ti.