El 21 de Febrero y su instrumentalización política

Queda poco más de un año para elecciones nacionales. En 2019, para estas fechas, se estarán produciendo renuncias en cascada y negociaciones de alta densidad y urgencia para llenar las listas y acordar sus órdenes. Hasta que eso llega, cada cual empieza a tomar sus posiciones y lo relativo a la gestión va quedando en segundo plano.

En el Movimiento Al Socialismo no tienen muchas dudas. Será el presidente Evo Morales quien acabe decidiendo si va o no va a la elección de 2019 y quién será su compañero de fórmula. En El País hemos ofrecido diferentes análisis que sostienen que Morales llevará a su partido hasta el final y se retirará dejando un candidato designado al que las bases deberán apoyar. Los analistas que así lo sugieren dicen que de esa forma se ahorra el desgaste del sucesor llevándose toda la presión y evita sobre todo abrir una guerra civil en el MAS que acabaría siendo tan sangrienta que los convertiría en caricatura y no en el partido nacional que son ahora.

En cualquier caso y una vez urdida la sentencia del Tribunal Constitucional Plurinacional, el MAS insiste en proponerlo como candidato, por lo que los actos de proclamación en cada comunidad o movimiento social que visite se repetirán. Lo propio con el Vicepresidente Álvaro García Linera, que aunque ha repetido varias veces que no será candidato, nadie le cree, y eso debería ser preocupante.

Es esta actitud y no otra la que mantiene a la oposición con expectativas de cambio y, a la vez, sin posibilidades de unirse.
El análisis de todo aspirante a suceder a Morales parte de que es suicida que un presidente desconozca la voluntad popular expresada en un referéndum y se presente a las elecciones como si no pasara nada, avalado por una interpretación tomada por el cabello de lo humano del derecho de presentarse a una elección.

En ese escenario, todas las fuerzas aspiran a capitalizar políticamente el resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016 olvidando un elemento esencial que, además, viene expresado con datos en el último Latinobarómetro en el que casi la mitad de los latinos no consideran la Democracia como un valor esencial, y sobreponen, sobre todo, su seguridad y estabilidad económica.

El experimento de las plataformas ciudadanas parece haberse agotado demasiado pronto, antes incluso de tomar cuerpo, seguramente por el empeño desaforado de algunos en comunicar un éxito que no estaba sucediendo.

En su rescate se han restablecido las conexiones cívicas, que preocupados por la escasa reacción en la “batalla” del Código Penal y desdibujados precisamente desde el 21 de Febrero de 2016, buscan una estrategia lógica que les permita también ganar protagonismo sin activar los anticuerpos que desde hace años despiertan en la sociedad real.

Tras la pérdida de genuinidad de las “plataformas”, tan in en la nueva política, y el desconsuelo cívico, tan anclado a tiempos pasados, lo normal es que acaben convergiendo y convirtiéndose en el aparato más o menos tradicional de la figura que, los políticos de siempre, acaben nombrando candidato si son capaces de ponerse de acuerdo.

En ese escenario, el expresidente Carlos Mesa ha dado, según interpretan sus más fervientes seguidores, el primer paso para ponerse al frente aprovechando la desproporcionada y poco estratégica hondonada de críticas y denuncias que el MAS ha rescatado e impulsado en un momento poco propicio. Para los no tan fervientes seguidores, lo de Mesa es la enésima declaración prudente que no modifica el escenario y más al contrario, convierte en electoral un movimiento nacido con otra determinación.

Es necesario que tanto unos como otros dejen de lado la elección de candidato y empiecen a hacer propuestas reales para Bolivia en el mundo real multipolar y, cada vez, más soberano.